miércoles, 22 de mayo de 2013

LA RESPONSABILIDAD DE LOS GERENTES DE FORD Y DE LA EMPRESA FORD

Cuando uno escucha a un payaso como De la Sota afirmar que hay que negociar (CON LOS REPRESORES) para conseguir la información necesaria, prefiero referirme nuevamente a la complicidad de las multinacionales con la dictadura cívicomilitar. 
Como venimos anticipando, varios directivos de Ford Motor Argentina terminaron procesados por la comisión de delitos de lesa humanidad. 

La nota de Ailin Bullentini en Página 12 de hoy informa que "en un amplio y detallado fallo, la titular del Juzgado Federal en lo Criminal y Correccional número 2 de San Martín procesó a tres ex gerentes de la planta que la trasnacional tenía en Pacheco, al norte del conurbano bonaerense, por considerarlos partícipes primarios penalmente responsables en 24 casos de privación ilegal de la libertad doblemente agravada por haber sido cometida por abuso funcional, con violencia y amenazas, e imposición de tormentos"
Para el derecho argentino sólo los individuos son penalmente responsables. Esto excluye a empresas u otras organizaciones, y la figura de "asociación ilícita" no se refiere a éstas sino a aquellos. No sucede lo mismo en el primer mundo.

Empresas de origen alemán que habían utilizado mano de obra esclava durante la Segunda Guerra (como BMW, Agfa, Basf, Bayer o Hoechst, ex-integrantes de I.G.Farben y ampliamente conocidas por el consumidor argentino) fueron condenadas a pagar millonarios resarcimientos a las víctimas de la Shoa y sus descendientes además de los que les cupieron a los ejecutores individuales de esos delitos, debidamente comprobados. 
Si esos delitos hubieran ocurrido en Argentina, las empresas estarían eximidas de culpa y cargo
Se tuvo en cuenta esta liberalidad (de la que no gozan las sedes con domicilio en Europa) para las fuertes inversiones privadas de los '90 dentro de una estrategia generalizada de tasas de ganancias que tampoco podrían obtener en sus sedes. 
Es decir, el negocio era altamente redituable por varios lados: alta ganancia superior a la media, rápido retorno y falta de controles. En otra oportunidad relatamos cómo la Shell había desarmado una planta que se levantaba en Holanda para trasladarla completa a la Argentina ya que en su país de origen no cumplía nuevas exigencias medioambientales. Y allí sigue, en Dock Sud.
Lo razonable indica que los ex-gerentes, de Ford en este caso, no actuaron individualmente, por decisión personal, sino siguiendo o interpretando o creyendo interpretar la política de la empresa. 





El Ford de Adolf Hitler







Las defensas, previsiblemente, argumentarán que las empresas jamás tuvieron como política acabar con los delegados, exterminarlos, y que los gerentes actuaron a título personal o en todo caso excediendo su celo pero que de ninguna manera, etc. y en todo caso que los delegados díscolos perjudicaban la productividad, la terminación de las unidades, la seguridad del usuario, etc.
Tanto como sucedió en Acindar y otras empresas, dentro de la Ford de Pacheco se instaló un campo clandestino de detención, tortura y exterminio, hecho del que le resultará dificil zafar porque parece estar ampliamente probado y desmiente esta visión angelical de las multinacionales. 
Habrá que recordar las opiniones antisemitas de Henry Ford y su apoyo abierto a Hitler; como ya escribimos, los camiones Ford se fabricaban a ambos lados del frente bélico: aunque usted no lo crea, en el frente alemán con la marca Opel. Claro que los directivos argentinos argumentarán que fueron ajenos al campo de detención ubicado dentro de sus instalaciones fabriles, algo imposible de creer.
Teniendo en cuenta las señaladas limitaciones del derecho penal argentino, no alcanza con afirmar que hubo “complicidad civil”: la pura verdad es que la mera complicidad sugiere que un número indeterminado de individuos no uniformados, como por ejemplo gerentes, ejecutivos, capataces y delatores vocacionales, se sumaron individualmente o a título personal a la dictadura, lo cual expresa una visión infantil sobre lo que sucedió: fueron sectores sociales, culturales y económicos ENTEROS los que, constituyendo la dictadura, aceptando sus reglas y haciéndolas suyas, se apropiaron del Estado buscando el triunfo de una determinada política. Antinacional, antidemocrática, desindustrializadora.
Esos gerentes de Ford ahora procesados quizás estuvieran (como muchos otros, incluyendo jueces) ideológicamente identificados con la dictadura, pero sólo pudieron violar los derechos humanos a raíz de su vinculación con la empresa fabricante de automóviles. Entonce sí voy a creer en eso de la "responsabilidad social empresaria".

martes, 21 de mayo de 2013

LOS ACEVEDO EN ACINDAR, METÁFORA DE UNA BURGUESÍA NO-NACIONAL

A Daniel Azpiazu

¿Cómo se explica qué es una burguesía no-nacional? La historia de la empresa Acindar es la parábola de una burguesía reacia a invertir en su país de acuerdo al modelo eurocéntrico de sector social dominante en expansión, competitivo, industrialista, emprendedor y nacional, es decir, que toma para sí el sentido, el en sí y paraa sí de la nación. Asume ese en sí y para sí, pero para un modelo de país muy distante del que aquí se promueve. La Argentina de los Acevedo, por el contrario, es el país de Mitre: la colonia próspera.

Integrante primitiva del Grupo Bemberg archienemigo del peronismo junto con la chilena Aragón (desde las primeras décadas del siglo XX), la Acindar de los Acevedo vendía perfiles de hierro para la construcción de viviendas. Luego de la Segunda Guerra Mundial se separó de Aragón e inició una etapa de inversión en perfiles para uso agropecuario y en la construcción.
En los '70 se alió con su competidora Techint (repartiéndose el mercado) para destruir a la estatal Somisa, objetivo que ambas cumplen en los '90 con el menemismo. En efecto, Somisa es adquirida por Techint a precio vil y Acindar participa en la licitación (hecha a la medida de la primera) con un prestanombres o testaferro.
Para esa época, además, se estaba produciendo en toda la industria un cambio tecnológico que reducía el peso relativo de los trabajadores en la actividad. Acindar no escapó a esa reconversión: de casi 7.000 operarios en los '70, hoy tiene unos 2.000.
Entre los '90 y los primeros 2000 fue adquirida por un grupo brasileño que a su vez sería absorbido por una multinacional con sede en India. El objetivo de los Acevedo, muy alejados de la idea de "capitanes de industria", pareció ser la valorización de la empresa como paso previo a la venta,.
Esta nota abarca un período corto de los '70, donde confluyen la reconversión productiva de Acindar; el modelo de desindustrialización puesto en práctica por José Alfredo Martínez de Hoz, quien no casualmente saltó de la presidencia de la empresa al ministerio de economía; y la etapa más combativa del sector "clasista" de los trabajadores.







Nota de Acindar con la firma de Alcides López Aufranc, jefe del EMGE hasta la consagración de Héctor J. Cámpora.



























Acindar en 1975

La represión en la planta de Acindar en Villa Constitución, bautizada por quienes la diseñaron o ejecutaron como Operativo Serpiente Roja del Paraná (significante, el color rojo, de esa hijuela de la Guerra Fría que fue la doctrina de la Seguridad Nacional) se inició el 20 de marzo de 1975. Provocó más de veinte muertos y desaparecidos y la instalación del primer centro clandestino de detención y torturas del país.  En aquel día, más de cien personas fueron ilegalmente arrancadas de sus hogares o lugares de trabajo por personal de las fuerzas armadas y de seguridad que luego serían trasladadas a dependencias policiales y carcelarias en cumplimiento de directivas empresarias.

Antecedentes

El año 1975 será recordado como una etapa caótica, anómica y brutal en la historia de la Argentina. El terrorismo de Estado se había desatado a partir de la muerte de Perón según algunos autores[1], o desde la masacre de Ezeiza según otros[2], en un ciclo de violencia política creciente donde el enfrentamiento principal se había trasladado al interior del peronismo en cuanto era este el que detentaba el poder institucional.
Esa violencia no habia surgido de improviso en marzo de 1973 con el retorno de la democracia luego de dieciocho años de proscripción del peronismo: por el contrario, se había generado -por el enfrentamiento entre peronismo y antiperonismo- en el bárbaro bombardeo masivo a civiles de junio de 1955 a Plaza Mayo, continuó con los fusilamientos de junio de 1956, y se fue generalizando luego ante cada etapa de democracia proscriptiva  hasta llegar a constituir el principal factor de quiebre de la dictadura del general Lanusse.
Pero no se detuvo con el triunfo del Frejuli y el ascenso de Héctor J. Cámpora porque el poder real se mantenía en sus lugares a despecho de los resultados electorales. Ya en 1975 se había agregado, siguiendo a Eduardo Luis Duhalde[3], el terrorismo de Estado presente a través de grupos clandestinos como la AAA y otras bandas paraestatales.
Por otra parte, existían -dentro de los muy numerosos grupos y organizaciones que habían actuado hasta 1973 intentando representar o interpretar o ponerse al frente de los deseos de las mayorías populares- dos grandes corrientes ideológicas o de conceptualización de la realidad.
Una de ellas, a la que podemos llamar genéricamente “peronista”, abarcaba o parecía abarcar al conjunto del movimiento que lideraba Perón y cuyo retorno había alentado distintos sentidos o significados, aunque eso no siempre se manifestara claramente. Alguien, no recuerdo quién, ha dicho: "Perón simulaba conducir el conjunto". Como en un determinado momento estalla una competencia excluyente" por la conducción de esta corriente (Perón por un lado, Montoneros por otro), este sector se escinde.
La otra era el “clasismo”, denominación tan genérica como la anterior, y que recogía la antigua tradición izquierdista o de raíz socialista, anarquista y marxista, aunque algunos sectores de ese clasismo (el conocido como “izquierda nacional”) se habían integrado al amplio movimiento peronista. Los mayores desarrollos del “clasismo” eran lo que se denomina sindicalismo de base, que disputaba la hegemonía con los sindicatos de tradición peronista.
Ambas corrientes habían confluido, se habían supuespuesto o enfrentado en el pasado en distintas oportunidades.
Básicamente, la diferencia conceptual entre unos y otros se refería a la prioridad otorgada al conflicto social (lucha de clases) o la existencia eventual de una cuestión “nacional” que ponía aquel conflicto en un segundo plano y priorizaba la armonización paulatina de los conflictos de clase.
En 1975, algunos de los conjuntos agregados en el objetivo de combatir a la dictadura se estaban disolviendo violentamente: la organización Montoneros desafía a Perón, pretende competir con su liderazgo y reinterpretar al peronismo de acuerdo al “rol histórico de los trabajadores” para inmediatamente pasar a la clandestinidad.
El ERP ataca militarmente al gobierno de Perón (que había asumido poco antes con el 62% de los votos), para destruir el injusto sistema de explotación y opresión que sufren los trabajadores argentinos y una de cuyas principales fuerzas son sus Fuerzas Armadas contrarrevolucionarias[4].
Los hegemónicos sindicatos de origen peronista se abroquelan en el poder, sin constituir un homogéneo, de acuerdo a cómo se sitúen en la estructura productiva. Este “monopolio ideológico” se ve puesto en jaque por primera vez allí donde existan delegados de base pertenecientes a la JTP o el “clasismo”, y los conflictos suelen resolverse a los tiros.
Ese “clasismo”, en su vertiente no armada, que abrevaba en liderazgos de distinto origen[5], es el sujeto político que produce lo que los historiadores del propio “clasismo” denominan Villazo, un enfrentamiento entre trabajadores, conducciones sindicales y empresas que se extendió desde San Nicolás (Pcia de BsAs) a Rosario, con centro en la planta de Acindar en Villa Constitución aunque se extendió a otras empresas, y cuyo control militar por parte del Estado (en los términos de lo que el general Osiris Villegas había llamado la “guerra revolucionaria”) fue conocido como Operativo Serpiente Roja del Paraná.

Otro punto de vista

Si la centralidad de la etapa era el enfrentamiento entre las OAP (Organizaciones Armadas Peronistas) y el poder institucional, se pierde de vista que el modelo económico estaba cambiando fuertemente con el impulso generalizado que le estaba dando el Estado al sector empresario pyme ligado a Gelbard. Esa es para mí la verdadera centralidad, y lo digo hoy, a la vuelta de los años.
Toda, o gran parte de la ilusión, el ideal, de la patria socialista era un bluff, un  engaño, lo que no significa que lo fuera menos la patria peronista.  La insurrección armada no auguraba sino baños de sangre y quizás cosas peores, como la desaparición de la Argentina. Nadie sabía en qué consistía el socialismo de esa patria. Todos eramos en aquel entonces incapaces (por ingenuidad) de comprender que LO IDEAL ES ENEMIGO DE LO BUENO. Comparto (muchos compartimos) esa resignificación del pasado, y por eso, porque creo que ESTO es lo ÚNICO BUENO QUE NOS PUEDE PASAR, LO APOYO.
La enfermedad del protagonismo infantil de aquel entonces derivaba de empuñar una pistola 9 mm. El poder, al contrario de lo que por aquel entonces se decía en Vietnam o en China, no proviene de un arma de fuego. Pero tampoco de movilizaciones callejeras, por mas numerosas o vociferantes que sean,
Hay tontos que todavía hoy lo siguen pensando: conozco a alguno.
En 1974/75 se tensó la cuerda de tal manera que el baño de sangre y la virtual desaparición de la Argentina fueron realidades palpables.
El sujeto político de aquel entonces no era Montoneros sino Perón y el pueblo que lo apoyaba. Es cierto que esto tiene un costado trágico: la debilidad, la ancianidad, la enfermedad y finalmente la muerte del Líder, pero es hora de quitarle centralidad a las organizaciones armadas.
El siguiente punto aclara un poco más desde otra perspectiva, la del cambio paulatino del modelo de producción industrial.

Situación laboral en 1974/75

En 1974, los asalariados habían alcanzado una participación en el PBI equivalente a la de 1954, cercana al 50%. El salario real, tomando como base 100 el año 1970, era de 135 y el costo laboral ascendía a 115 para la misma base a costa del aumento de la productividad.
Afirma Graña: “Los dos primeros años del tercer gobierno peronista muestran una situación particularmente favorable, en la cual el salario real trepa más del 30%, lo que evidentemente lleva su nivel al más alto de la serie analizada. Sin embargo, a partir de la caótica situación de 1975, dictadura  mediante, y hasta 1977 las remuneraciones reales promedio del país se reducen un 50%”, mientras aumenta la productividad laboral[6].
El Convenio Colectivo N° 260 firmado por la UOM ese mismo año (es el que rige en la actualidad) colocaba a los metalúrgicos en una situación de ventaja respecto de otros sectores de la economía, con lo que de alguna manera se repetía lo sucedido con Sitrac-Sitram en Córdoba (1969): la rebelión estallaba en Villa Constitución entre trabajadores cuyos ingresos estaban por encima de la media del salario general.
El eje del conflicto que se desató entre el gobierno nacional y el “clasismo” con eje de Villa Constitución es que la nueva Ley 20.615/73 de Asociaciones Profesionales, firmada en el marco del Plan Trienal, convalidaba y protegía la hegemonía peronista en los sindicatos, y por lo tanto impedía o parecía impedir la democracia sindical “de base” que el clasismo reclamaba. En la perspectiva del gobierno, por el contrario, además de considerar vital el apoyo político de los sindicatos peronistas, el manejo de la política económica requería centralizar la resolución del conflicto para controlar los aumentos salariales en materia de distribución del ingreso.
Según Mónica Gordillo (Conicet-UNC), “las medidas adoptadas al intentar reducir los costos laborales sin modificar la forma centralizada de negociación del conflicto, contaron con el apoyo inicial del empresariado y de la cúpula sindical que, conjuntamente, se convirtieron en los principales defensores de la ortodoxia en materia laboral; en ese contexto, la resistencia obrera se dio a nivel de las bases o en dirigentes intermedios ya que las medidas afectaban derechos individuales y de representación de los trabajadores, no las prerrogativas de las corporaciones sindicales”[7]. Con la firma de Agustín Tosco, el Movimiento Sindical Combativo de Córdoba firmó en noviembre de 1974 una declaración donde se reclama la derogación de todas las cláusulas de la ley 20.615 de Asociaciones Profesionales que favorece el centralismo autoritario y burocrático, atentando contra la democracia sindical de bases[8].
Pero en Acindar la conflictividad gremial no se había desatado sorpresivamente en 1975.
Desde 1970, la combinación de activistas de “clasismo”; una intervención de la UOM que no respondía a los reclamos de las bases y una conducción empresaria autoritaria y paternalista (de lo que los Acevedo hacían gala), eran el marco de un clima de gran conflictividad que -dictadura mediante- se mantuvo hasta los ’90.
En octubre de 1974, además, el ortodoxo Gómez Morales había reemplazado a Gelbard, lo que auguraba una nueva etapa de acumulación del capital y caída del salario cuyas consecuencias ya eran palpables.

Acindar, el conflicto gremial y la política empresaria

Las dos reivindicaciones principales de los activistas gremiales que fueron reprimidos en 1975 eran: asegurar la fuente de trabajo y elegir comisiones internas independientes de la conducción nacional de la UOM.
Pero la lista no se agotaba allí: se exigían “salarios que posibilitaran condiciones dignas de vida para los trabajadores y sus familias, el cumplimiento del convenio especialmente por parte de talleres y contratistas en lo que se refiere a categorías, trabajo peligroso e insalubre, calorías, etc., más las reivindicaciones que hacen a otros aspectos de las condiciones de trabajo y ritmos de producción para evitar el agobio de los trabajadores y la superexplotación, el atraso en los pagos, la falta de pago de las horas extras y la miseria salarial y la expoliación a que se somete a los menores aprovechándose de su necesidad imperiosa de trabajar. A eso hay que agregar el grave problema de la falta de servicios sociales, particularmente en lo que hace a la asistencia médica y medicinal, pues a pesar de que la dirección nacional de la UOM se lleva de Villa Constitución 80 millones de pesos por mes (por cuota sindical y ley 18610), sólo devuelven una ínfima parte que no alcanza para cubrir ni las menores necesidades”[9].
Entretanto, las previsiones de Acindar respecto de la cantidad de trabajadores empleados eran muy distintas por la caída de la producción y la reconversión tecnológica.
Según Ceruti (op.cit) “a fines de 1972, con una producción de 456.000 toneladas de laminados, participaba con un 22% de la producción nacional, mientras que en acero crudo, fabricaba 155.000 toneladas. Contaba con un personal de 3.500 obreros y 1600 empleados,; más 600 obreros y 100 empleados en Marathon”.
La empresa necesitaba reducir su plantilla laboral por la planificada reconversión tecnológica (ver más abajo). “Entre los años 1979 y 1981 y reduce su plantel de personal de 12.795 a 8.155[10]
En 1975 el consumo de acero (183 Kg/habitante) había sido el más alto en la historia argentina. A partir de allí se inicia un proceso ininterrumpido de caída de la demanda que implicó una reducción de puestos de trabajo en el sector de 47.000 en 1975 a 17.000 en 1992. Entre 1978 y 1981 fueron expulsados más de 11.100 trabajadores en el sector.
Esta reducción de personal estuvo acompañada de una acelerada concentración: entre 1975 y 1985, las plantas integradas pasaron de dos (Somisa y Zapla) a cuatro (Somisa, Zapla, Acindar y Siderca).
Las semi-integradas se redujeron de diez a una.
Las laminadoras pasaron de cuarenta y siete a veintiuna, varias de las cuales fueron adquiridas por Acindar.
El total de empresas siderúrgicas se reducirá, entre 1975 y 1985, de cincuenta y nueve a veintiséis[11].

Contexto económico

El “clasismo” era plenamente consciente de que las nuevas alianzas económicas del gobierno de Isabel se estaban desplazado de la CGE al Consejo Empresario Argentino.  
Alfredo Gómez Morales, con un plan monetarista ortodoxo y cierto diálogo con el sector sindical peronista (pasó del BCRA al ministerio de Economía, y había sido funcionario durante el primer peronismo), remplazó a José Ber Gelbard en una difícil situación: baja de exportaciones por cierre de mercados, suba de importaciones, aumento de precios de petróleo, desajustes en el Pacto Social que la muerte de Perón había acentuado, puja distributiva, incremento de la economía “informal” y creciente indisciplina en todos los actores sociales, todo ello en el marco de un avance de dictaduras militares en América Latina (Uruguay, Bolivia, Chile, Brasil, Paraguay) que aplicaban planes neoliberales, incompatibles con un gobierno que, al menos en sus comienzos, había marcado un rumbo distinto en términos de cambio social, político y económico.

La Marrón

Desde 1970, y a raíz de una huelga en Acindar donde se acusó a la comisión interna de la UOM de connivencia con la patronal (y que los trabajadores tomaron como derrota propia)[12], se conformó la lista Marrón opositora a la conducción nacional del entonces poderoso sindicato, uno de cuyos dirigentes (Ricardo Otero) ocupará el ministerio de Trabajo en 1973[13].
Liderando esa lista contra todo el “aparato” y con una amplia movilización política y social en la zona, el opositor Alberto Piccinini ganó la seccional Villa Constitución de la UOM, triunfo que el gobierno de Isabel calificó como un complot de características inusuales en Argentina”. Afirmó además, por cadena nacional, que “la gravedad de los hechos es de tal naturaleza que permiten calificarla como el comienzo de una vasta operación subversiva terrorista puesta en marcha por una deleznable minoría”.
En setiembre de 1974 el Congreso había dictado la ley 20.840 para reprimir las actividades subversivas de las organizaciones armadas[14].
Un mes antes de que diera comienzo la represión en Acindar, el 4 de febrero, se había dictado el Decreto 261 cuyo primer artículo ordenaba al Ejército “ejecutar las operaciones militares que sean necesarias a efectos de neutralizar y/o aniquilar el accionar de elementos subversivos que actúan en la provincia de Tucumán”.
En octubre, ahora con la firma del presidente provisional del Senado Ítalo Luder se ampliaría esa directiva a todo el territorio del país. Para ese entonces ya había sucedido el “rodrigazo”, un shock monetarista que provocó una brusca redistribución del ingreso, echó leña al fuego del conflicto social y preparó el terreno para la política económica que se iniciaría en marzo de 1976.
Quien estaba al frente de Acindar en 1975 cuando se produjo el operativo y será designado ministro de economía de la dictadura un año más tarde es José Alfredo Martínez de Hoz.
Pero no sería Videla quien elegiría a su ministro entre varios postulantes, como repetía la propaganda oficial, sino el gran empresariado liderado por Martínez de Hoz el que, en ese año crucial, convino con la cúpula de las fuerzas armadas la toma del poder luego de una reunión del Consejo Empresario Argentino con los tres comandantes en jefe.
Es decir, a principios de 1975 ya se había concretado una sólida alianza empresaria-militar que, tarde o temprano, desembocaría en un golpe de estado. En febrero de 1975 se constituye APEGE (Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias) integrada por el Consejo Empresario Argentino (presidido por José Alfredo Martínez de Hoz en representación de Acindar), la Sociedad Rural, Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) y otras entidades empresarias que coinciden en calificar al sindicalismo peronista como “demagogo y corrupto”) y en estar preocupados por la influencia del sindicalismo “combativo” y “clasista” al que califican como “guerrilla fabril” o “subversión Industrial[15].
APEGE organizará el lock-out patronal general de febrero de 1976, el primero en la historia argentina que abarcaba a la industria, el comercio y las actividades agropecuarias, aunque estas últimas ya había producido cinco paros.
Llegaba la hora de la espada, como había anticipado Lugones para otra chirinada.

El bloque de intereses

Al uso del aparato represivo del Estado por parte del sindicalismo peronista y la participación directa de grupos políticos y gremiales contrarios a la Tendencia en los sucesos de Villa Constitución y el triunfo de la Lista Marrón, se debe sumar la alianza establecida por la cúpula militar con el gran empresariado en el que se contaba a Arturo Acevedo, dueño de Acindar.
Por eso, las fuerzas armadas y de seguridad respondieron rápidamente a la solicitud de Acindar de “reimponer el orden” en las plantas paralizadas por el activismo gremial ya que se lo señalaba como el “enemigo marxista” contra el cual ya estaba empeñado el Ejército en Tucumán (Operativo Independencia, al frente de cual se nombró al general Acdel Vilas).
Ante la Comisión Investigadora de la estatización fraudulenta de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad constituida en el Congreso Nacional que en 1975, Martínez de Hoz declarará en 1985 que se había reunido con los comandantes en jefe junto con otros miembros del Consejo Empresario Argentino para exigirles que restablecieran el orden en momentos en que las circunstancias impedían "la libertad de trabajo, la producción y la productividad”.
Por otra parte, la actividad siderúrgica estaba íntimamente entrelazada con el Estado y directamente relacionada con el Ejército en una época en que esa actividad se consideraba “estratégica” para la defensa militar del territorio y los recursos.
Por sus mismos orígenes (ley Savio) y porque la Dirección General de Fabricaciones Militares (DGFM) era el organismo de planificación estatal y el que le asignaba roles al sector.
Es decir, había una íntima ligazón entre las empresas y las fuerzas armadas. Sostiene Azpiazu y otros (op. cit): “Esta ubicación estratégica de Fabrica­ciones Militares en el sector trajo como consecuencia que a partir de su articulación con el sector privado se conformara un bloque de intereses que, en los hechos definía el rumbo producti­vo y el destino de las transferen­cias que recibía el sector siderúrgico privado”[16].
El sindicalismo peronista, en esas condiciones, era funcional al bloque de intereses:
a) tradicionalmente era más dialoguista que la nueva cúpula gremial elegida en Villa Constitución;
b) esta última competía por la conducción nacional y amenazaba con desplazarla exitosamente;
c) el dialoguismo de los sindicatos peronistas entraba en colisión con su propia base, por cuanto el poder creciente del gran empresariado significaba paralelamente una caída en el nivel del salario y las condiciones laborales, como se comprobaría tres meses más tarde cuando se implementó el plan de Rodrigo-Zinn[17];
d) ideológicamente, la cúpula sindical peronista expresaba cierta afinidad, en su rechazo a las posturas izquierdistas, con la doctrina militar de la Seguridad Nacional. Este aspecto está relacionado con la naturaleza del peronismo, su origen, doctrina y conformación, pero también a la relación entre esa doctrina y la Guerra Fría[18], y escapa a los límites de esta presentación; e) esta coincidencia facilitaba el establecimiento de lazos con las fuerzas armadas y de seguridad (y con el ministerio de Bienestar Social al frente del cual se encontraba José López Rega) para “compartir”, desde el Estado, operaciones clandestinas de represión, por cuanto semejante doctrina incluía interrogatorios mediante torturas. infiltración, inteligencia, secuestros y desapariciones de opositores políticos.
La violación a los derechos humanos era parte constitutiva de la doctrina militar.
e) El sindicalismo peronista no era un homogéneo en marzo de 1975 porque se había abierto un frente de resistencia al enfriamiento de la economía decidido por Alfredo Gómez Morales (un sector liderado por la UOM, el otro por el gremio textil).

En plena vigencia del Plan Trienal que Torcuato Di Tella define como “fuertemente intervencionista, moderadamente nacionalista y distribucionista”[19], el gobierno constitucional había puesto una cuña en este férreo bloque de intereses dictando el Decreto 619/74,  reglamentario de la ley 20.560/74 de promoción industrial, según el cual el organismo responsable de evaluar los planes de inversión privada dejaría de ser la Dirección General de Fabricaciones Militares y pasaría a ser el ministerio de Defensa conducido por un civil (Savino, de quien se mencionaban contactos con la P2).
Sin embargo, no se reducían los beneficios para la actividad: la norma establecía parti­cipación estatal en el capital de las empre­sas a solici­tud de éstas, líneas especiales de avales y créditos del Banco Nacional de Desarrollo, garantías en la adquisición de bienes de capital; incentivos fisca­les, diferimientos imposi­tivos, y deducción del monto imponible del impuesto a las ganancias de las sumas invertidas.

El Plan de Expansión

La primitiva alianza empresaria en la constructora Acevedo y Shaw perteneciente al Grupo Bemberg señalaba un entrelazamiento histórico con grandes productores agropecuarios y la Iglesia Católica, es decir, con el poder tradicional.
Así, por ejemplo, Enrique Shaw, dueño del Banco Shaw y casado con Cecilia Bunge, fue oficial de la Marina, creador de la ACDE (Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa), y se pediría su canonización vaticana.

Se lee en la página web de Acindar sobre su creación:

Por supuesto Acindar debió afrontar las vicisitudes propias de la errática economía argentina. 
...
Desde el inicio, fue intención del Ing. Acevedo llegar a una planta integral, es decir que partiendo del mineral de hierro se hiciera el proceso completo hasta llegar a los productos terminados. Varios fueron los intentos que no prosperaron básicamente por la oposición del Gobierno. Finalmente, en 1975 se aprobó el nuevo plan de Acindar, e inmediatamente se inició la construcción de una planta de reducción directa, una acería con tres hornos eléctricos y una colada continua, además de las instalaciones auxiliares que incluían un puerto mineralero. Este fue un hito de suma importancia para la empresa que pudo controlar la producción de su propia palanquilla, no dependiendo del suministro por parte de Somisa. 
...
Con los altibajos propios de esos años, llegamos a la década de los 90 donde en lo que respecta a la siderurgia se produce un acontecimiento de fundamental importancia. Se privatizan las empresas del sector que estaban en manos del gobierno, con lo que desaparece un factor distorsivo para la actividad privada.

El Plan de Expansión de Acindar (que había sido rechazado durante la revolución Argentina, etapa Levingston) se aprobó por gestión personal de Martínez de Hoz ante la DGFM-Ministerio de Defensa. No queda claro si para ese entonces Somisa seguía siendo prioritaria para el Ejército aunque sí se verá, ya promediando la dictadura, que ese plan perjudicaría a la empresa estatal[20]. Esto podría explicarse en relación con las tensiones interiores a las fuerzas armadas[21] donde convivían sectores “desarrollistas” y “liberales”, a lo que debe agregarse un fuerte estado deliberativo, antiperonismo en unos y otros (fueran azules o colorados) y adscripción a la doctrina de la guerra revolucionaria o de Seguridad Nacional[22].

El plan empresario puesto en marcha en 1975 implicaba simultáneamente:

a) su reconversión tecnológica a la reducción directa,
b) dejar de depender de Somisa para la provisión de palanquilla, y
c) desprenderse de la tutela del Plan Siderúrgico Nacional vigente desde 1973 (extensión del viejo pero todavía efectivo Plan Savio) como parte del Plan Trienal que, desde la visión de la empresa, la “condenaba” a ser una planta semi-integrada cuando su objetivo era convertirse en integrada horizontal y verticalmente absorbiendo a la competencia[23].
Paradojalmente, la empresa de Arturo Acevedo y presidida por José Alfredo Martínez de Hoz anhelaba desprenderse de la tutela estatal aunque gozaban de un régimen especial establecido en el Decreto 619/74, y de los beneficios de las leyes 20.560 de promoción industrial  y 20.545 de protección a las importaciones.
Ese “desprendimiento” se pondrá de manifiesto en 1979/80 cuando, en el marco de tensiones internas dentro del elenco de la dictadura (un sector del Ejército atrincherado en Somisa pretendía sostener el rol rector del Estado en la industria del acero), Somisa se ve obligada a vender al extranjero sus excedentes.
Para lograr estos fines, la empresa consideraba prioritario “restablecer la disciplina fabril”, lo que en términos militares significaba “acabar con la subversión”. Paradójicamente, y aunque Acevedo mantenía una insanable inquina con el peronismo por su pertenencia al Grupo Bemberg, fue un gobierno peronista el que le otorgó, en plena era Gelbard, los mayores beneficios en términos de protección arancelaria, desgravación impositiva y promoción industrial.
Que la dictadura mantendrá y ampliará.
Mediante el Decreto 619/74 citado arriba se aprobó la primera etapa del plan de expansión por un monto de 251 millones de dólares[24] que saldrán primordialmente de fondos estatales.

Una empresa enfrentada al gobierno

El remplazo de Gelbard por Gómez Morales era una buena señal para Acindar, pero insuficiente.
El Plan Trienal teóricamente había sido desactivado, pero las leyes que se produjeron para desplegarlo todavía estaban vigentes.
Sostienen Belini y otros: “A mediados de los años setenta, el Banade tenía el 20% de las acciones de Acindar... había hecho distintas suscripciones de deventures y acumulaba un crédito importante por préstamos ordinarios. Sumados las inversiones y los créditos, el monto de las acreencias al Banade representaba el 125% sobre el capital de la empresa, hecho que refleja la relativa vulnerabilidad que Acindar tenía ante potenciales exigencias del acreedor público”.
Y agrega: “En 1973, el ministro de Economía José Ber Gelbard había incluido a Acindar entre las empresas cuyas acreencias serían incorporadas a la nueva Corporación de Empresas Nacionales (CEN)”[25].
Es decir, si no cambiaba la orientación de la economía, Acindar podía convertirse rápidamente en una empresa estatal o con participación estatal (mixta) por las deudas que mantenía con el Banade.
Pero sobreviene la dictadura: en 1982 se estatizó la deuda externa privada de casi 700 millones de dólares que Acindar había tomado en el exterior para convertirse en planta integrada con reducción directa.
Ese pasivo fue el cuarto en magnitud del total de la deuda externa privada, luego del de Cogasco (1.338 millones de dólares), Autopistas Urbanas AUSA (951) y Celulosa Argentina (836)[26].
Como la demanda de acero (entre 1966 y 1975, a un ritmo de 15.8% anual acumulativo) aumentaba mucho más rápido que la oferta, a principios de los 70 eran insuficientes la producción de arrabio y la provisión de chatarra, y el acero total colado no alcanzaba a satisfacer la demanda de semielaborados.
“Esta estructura de estrangulamiento ha llamado la atención sobre el comportamiento de las empresas privadas”, refieren Azpiazu, Basualdo y Kulfas[27], porque a contrapelo de lo sucedido en países como México, la India o Francia, las locales no respondieron con inversión al empujón (push) público inicial y prefirieron “aprovechar las quasi rentas y subsidios directos o indirectos provistos por el Estado”, lo que, junto con cambios tecnológicos como el uso cada vez más generalizado de la reducción directa, tendieron a ir perfilando las decisiones estratégicas de las principales empresas del sector privado: Dálmine-Siderca y Acindar, “tanto en materia de orientación productiva como del tipo de políticas públicas y subsidios que demandarían y obtendrían”.
Esta actitud explicaba los datos del comercio exterior, con un déficit en el rubro acero (arrabio, chatarra, planchones, bobinas laminadas en caliente y aceros especiales) de 1.500 millones de dólares en el trienio 1973/75.
Los Acevedo y Martínez de Hoz desplegaban el “ideario” neoliberal del Estado subsidiario entendiéndolo como un Estado que sirviera a sus propios intereses.

Lo que se estaba preparando

José Alfredo Martínez de Hoz pasó de la presidencia (luego de ser síndico) de Acindar al Ministerio de Economía, al que se sumó el ex-gerente Juan Alfredo Etchebarne al frente de la Comisión de Valores. Este último declaró en la Causa 41712, cuerpo 2, folio 257 haber sido gerente de la empresa, “a la que ingresó por intermedio del doctor Jaime Perriaux y de su presidente, José Alfredo Martínez de Hoz”[28]
La empresa será especialmente beneficiada por la dictadura. Los beneficios concedidos a partir de 1976 fueron: deducción del monto imponible de las sumas invertidas en el proyecto; el diferimiento no indexado del impuesto a las ganancias, provisión de gas y electricidad, apoyo crediticio, garantías y avales. De este régimen de promoción, según el estudio de Flacso citado, el 61,4% corresponde a Acindar, porcentaje que se convierte en el 89.5% si excluimos los proyectos que nunca entraron en etapa operativa, y al 93% si consideramos que Tamet, titular de uno de los proyectos, era una empresa controlada por Acindar.
Los beneficios otorgados a Acindar ascendieron, según el estudio de la Flacso, a unos 300 millones de dólares restados a los ingresos públicos.
En otras palabras, puede decirse que en materia siderúrgica y en el sector de no-planos, el Estado Argentino (la dictadura cívico-militar) era una extensión del directorio de Acindar.
Según el diario “Ámbito Financiero” (3/1072007) “Acindar supo crecer con el capital de otros”, refiriéndose a la invariable solidez del precio de sus acciones en el mercado bursátil local: desde 1976 en adelante, los inversores advertían que la protección especial brindada a la empresa por la dictadura era garantía de ganancia.
 Escribió Alfredo Zaiat en Página 12 (6/10/2007 que durante la dictadura, (Acindar) “recibió avales otorgados por el Tesoro Nacional por 148,5 millones de dólares; gozó también de créditos por 231 millones de dólares del Banade que jamás devolvió; tuvo además una importante protección arancelaria, que le permitió ejercer sin amenaza de competencia externa su poder oligopólico sobre el mercado; y recibió tarifas diferenciales para el consumo energético de sus plantas, lo que implicó otro subsidio relevante”.
La alta protección arancelaria (de un 40%) era antagónica con la apertura de la economía que constituía el eje de la política de la dictadura y significaba “la virtual prohibición de importaciones potencialmente competitivas”[29].
La represión de Acindar en 1975 se explica en el marco del bloque de intereses entre la empresa y las Fuerzas Armadas por un lado, en el conflicto violento entre el clasismo y el sindicalismo peronista por otro. Se constata además que el objetivo empresario era agudizar el estado de caos y anomia a fin de facilitar lo que llegaría en marzo de 1976, y que la situación se planteó en un sector de los trabajadores asalariados que recibían salarios por encima del promedio de la economía.

Apéndice:
A. Operarios y empleados de Acindar muertos/desaparecidos: Ramón Alberto Cabassi, Miguel Angel Lobotti, Juan Carlos Ponce de León, Adelaido Viribay, Rodolfo Ángel Mancini, Jorge Chaparro, Juan Bautista Corbalán, José García, Concepción De Grandis, Carlos Ruescas, Julio Palacios, Juan Carlos Taborda, Fabián Rodríguez, Juan Carlos Salinas, Oscar Raúl Ojeda, Domingo Salinas, Carlos Antonio Tonso, Pedro Antonio Reche y Jorge Andino.

B. De los 6.672 operarios de la firma a mediados de la década del 70, para 1981 conservaban sus puestos laborales solamente 4.794 obreros metalúrgicos. Para finales de la década del 90, suman apenas 2.300 operarios.




[1] Galasso, Norberto: “Historia de la Argentina”, tomo II, Buenos Aires, Colihue, 2011.
[2] Verbitsky, Horacio: “Ezeiza”, Buenos Aires, Contrapunto, 1999.
[3] Duhalde, Eduardo L.: “El Estado terrorista argentino”, Eudeba, Buenos Aires 1999 y Cieza, Daniel: “Gran empresa y represión. Antecedentes y consecuencias de la represión en el ámbito laboral durante la última dictadura cívico militar”, en http://www.derhuman.jus.gov.ar/pdf.
[4] Estrella Roja, enero 1974. Compañía Héroes de Trelew. Ataque al Regimiento de Azul.
[5] Agustín Tosco (Luz y Fuerza Córdoba), Renée Salamanca (SMATA Córdoba), Alberto Ferraresi (Sindicato de Farmacia), Armando Jaime (CGT Clasista de Salta y Frente Antiimperialista por el Socialismo FAS), Rodolfo Ortega Peña, etc., y se reconocían en la revista “Militancia”.
[6] Graña, Juan y Kennedy, D.: “Salario real, costo laboral y productividad. Argentina 1947-2006” citando a Lindenboim, J. en Documentos de Trabajo n° 12, Centro de Estudios sobre población y desarrollo, Instituto de Investigaciones Económicas, Facultad de Ciencias Económicas UBA, Buenos Aires, 2008.
[7] Gordillo, M.: “Cultura política y orden económico: representaciones sobre las relaciones laborales en el discurso obrero y empresario”, en Fundação de Economia e Statistica, Governo do Estado de Rio Grande do Sul, Brasil 2008.
[8] En http://www.agustintosco.com.ar/4_de_noviembre_de_1974.htm
[9] Ceruti, Leónidas: “El Villazo, triunfo de la clase obrera, y el Operativo Serpiente Roja”, en El Militante, www.argenpress.info, marzo 2012.
[10] Cañada, Caroti, López de Armentia, Martínez Aveni, Vizioli: “Siderurgia 2”, Facultad de Ingeniería, UNCu. Edición digital.
[11] Azpiazu, Daniel, Basualdo, Eduardo y Kulfas, Matías: “La industria siderúrgica en Argentina y Brasil durante las últimas décadas”, Centro de Estudios de Formación Sindical CEFS, Flacso, Buenos Aires, 2007
[12] Ceruti, Leónidas. op. cit.
[13] En julio de 1975 lo remplaza Carlos Federico Ruckauf.
[14] Durante la dictadura, mediante las leyes 21459/76 y 21886/78 se endurecerán las penas para los “delitos económicos”, previéndose la formación de Consejos de Guerra como herramienta para disciplinar a los empresarios. Se formó además una Comisión Nacional de Reparación Patrimonial (Conarepa) calcada de la Junta Nacional de Recuperación Patrimonial de la Revolución Libertadora (1955).
[15] Carminati, Andrés: “La dirección de Somisa durante la última dictadura militar”. Universidad de Rosario- CONICET, en www.H-industri@, año 5 N° 8, 2011.
[16] Azpiazu, Daniel, Basualdo, Eduardo y Kulfas, Matías: op. cit.
[17] Iñigo Carrera, Nicolás, en “La situación de la clase obrera en la Argentina del capital financiero atribuye a Ricardo Zinn que “la economía argentina sólo podía dar cabida a algo más de diez millones de habitantes”; otros se la atribuyen a Faustino Fano, presidente de la Sociedad Rural de aquel entonces.
[18] Origen doctrinario atribuido al ejército francés durante la descolonización de Argelia. Militares franceses adiestraron a sus pares argentinos en 1957. En “La Misión Militar francesa en la Escuela Superior de Guerra y los Orígenes de la Guerra Sucia 1957-1961”, Revista de Ciencias Sociales N° 13, Universidad Nacional de Quilmes, 2002. A partir de 1960, estando el general Toranzo Montero al frente del Ejército, se asumió oficialmente la hipótesis de la “guerra revolucionaria” basada en la existencia del enemigo interno con cobertura de la Junta Interamericana de Defensa y el Comando Sur del Ejército de EEUU. En Potash, Robert A., “El Ejército y la política en la Argentina”, tomo II, pág. 429. Ver también Osiris Villegas, G: “Guerra contrarrevolucionaria y comunismo”.
[19] En Marongiu, Federico: “Industrial promotion in the peronist governement”, abril 2007. UBA, CENDA, CIPPEC. www.Munich Personal RePEc Archive.
[20] Carminati, Andrés: op. cit.
[21] Canelo, Paula: “Las dos almas del proceso. Nacionalistas y liberales en la última dictadura militar”, en Páginas, Revista digital de Historia de la Escuela de Historia de la Universidad Nacional de Rosario.
[22] Potash, Robert A: op.cit.
[23] Entre 1972 y 1983, Acindar se convirtió en monopólica en el sector de no-planos, absorbiendo o convirtiendo en sus sucursales a Aceros Ohler (antes de propiedad estatal-Grupo DINIE), Aceros Santa Rosa, Adabor, Antonio Griego, Clamet, Cura, Fardemet, Fortuny, Genaro Grasso, Gurmendi, Indema, La Basconia, Laminfer, M. Heredia y Cía, Maitini y Sinai, Manuel Royo, Tamet, Marathon, Puar, Sats y Álvarez, Pérez Álvarez, Tejimet y Trafilam.
[24] Liaudat, Magdalena: “Industria y Política Pública. Los alcances de la intervención estatal en el desempeño del sector siderúrgico en Argentina, 1947-1976”. UNSAM-CONICET, en wwwH-industri@, año 2, n° 3.
[25] Belini, Claudio y Rougier, Marcelo: “El Estado empresario en la industria argentina”, Buenos Aires, Manantial, 2008.
[26] Olmos, Alejandro s/denuncia. Expte 7.723/98. Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Federal N° 2 de la Capital Federal, Secretaría N°4.
[27] Azpiazu, D. op. cit.
[28] En el contexto de apropiación de los bienes del Grupo Graiver, el ministerio de Economía, la Comisión Nacional de Valores y el Ejército operaron en la persecución de los dueños de Industrias Siderúrgicas Grassi S.A., quienes fueron mantenidos en cautiverio en la cárcel de Campo de Mayo por violación a la ley 20.840. La empresa, que era proveedora de Acindar en ferroaleaciones y la única en su especialidad en Argentina (Carbometal sólo producía carburo de calcio) interrumpió su producción y fue a la quiebra.
[29] Azpiazu, D. y otros: op. cit.

lunes, 20 de mayo de 2013

MUERTO EL PERRO NO MURIÓ LA RABIA


El título de este post puede valer más que mil explicaciones. Hay que consolidar los avances logrados, ese es el fundamento.
Lo sucedido con el Banco de Hurlingham e Industrias Siderúrgicas Grassi (contado aquí), aunque menos conocido que los sucesos de conformación de Papel Prensa, es sintomático de cuál es el límite de estos tipos. Hace un tiempo se discutía si podía haber o no una derecha democrática, y se tomaba a Macri como ejemplo de ello.
No es así. Macri no es democrático: apenas lo simula. Macri pretende que él, o las minorías que él representa, haga o siga haciendo su voluntad en el país, como siempre. Las mayorías podrán ganar las elecciones, pero ellos, el poder económico-social-cultural, deciden qué hacer con la Argentina.
Este breve relato sobre lo sucedido con parte del grupo Graiver muestra que volverían a hacer estos tipos si nuevamente tuvieran el control del país.
Es la primera parte de un trabajo que, en el próximo post, incluirá el desenvolvimiento de la empresa Acindar, otrora nacional y hoy parte de un conglomerado de origen asiático. La presencia de Martínez de Hoz y Alcides López Aufranc al frente de la misma, en esos años, es característica del poder tal como se expresa en Argentina: Acindar producía acero para uso en el sector agrícola y de la construcción; su influencia en el gobierno era tal que las acciones de Acindar fueron durante muchos años, varias décadas, un negocio distintivo y casi excluyente del reducido mercado bursátil.
Pero también los Acevedo, antiperonistas furibundos, eligieron bien a sus directivos entre otros antiperonistas furibundos como ellos: eso algo debería significar.
No hay en la Argentina una derecha domesticada que pretenda algo distinto de lo que intentó en 1976. Esta pequeña historia quizás puede servir de advertencia. Juan Alfredo Etchebarne fue detenido por el juez Rafecas el mes pasado. La Secretaría de Derechos Humanos lo había denunciado años atrás junto a otros civiles.





Al asumir como ministro en marzo de 1976, José Alfredo Martínez de Hoz anunció la implementación de un plan económico de neto corte neoliberal, lo que suponía, en el terreno de las ideas, una mínima injerencia del Estado en el juego libre de los mercados.

Pero como el Estado es la herramienta principal para reconfigurar un país y expresa la relación de fuerzas en el bloque de poder, el objetivo político de Martínez de Hoz consistió en instrumentar una activa injerencia estatal para desarmar todo vestigio de intrusión que fuera contra el bloque dominante, en el marco de una tensión interior a éste donde con frecuencia se recurría al secuestro, la desaparición y el asesinato, la explicación más plausible de los casos Hidalgo Solá, Elena Holmberg, Miguel Tobías Padilla y Edgardo Sajón.
Las normas de promoción siderúrgica fueron promulgadas en 1974/75 y terminaron favoreciendo a Acindar. El decreto de nacionalización de la Ítalo Nº 648 de 1975 tuvo un origen distinto al que terminó dándole la dictadura, la que, lejos de derogarlo, lo utilizó para estatizarla en beneficio del grupo Motor Columbus. 
Martínez de Hoz había pertenecido a los directorios de ambas empresas.

La política de desindustrialización corrió paralela al crecimiento del sector financiero y en general del sector terciario.
El sistema bancario era central en la reconfiguración del país. Su piedra de toque fue la Ley 21.526 de Entidades Financieras sancionada en febrero de 1977. Como explica Eduardo Basualdo[i], el eje de la política financiera del plan de Martínez de Hoz fue una tasa diferencial, siempre superior a la tasa internacional: “...se trató de un proceso en el cual las fracciones  del capital dominante contrajeron deuda externa para luego realizar con esos recursos colocaciones en activos financieros en el mercado interno  (títulos, bonos, depósitos, etc.) para valorizarlos a partir de la existencia de un diferencial positivo entre la tasa de interés interna e internacional y posteriormente fugarlos al exterior...”. Nos estamos refiriendo a la época de la bicicleta financiera y la plata dulce.

La liquidación del Banco de Hurlingham y la persecución a Industrias Siderúrgicas Grassi se inscribe en esta línea.
En lo que respecta al primero, la Comunicación A 3168 del BCRA da cuenta de que en el período desaparecieron unas 60 entidades bancarias y cooperativas de crédito.
Por el contrario, las entidades tradicionales (grupo Árbol Solo (Capozzollo), Tornquist, Shaw, Rural, Ganadero) tuvieron cobijo en el poder.
El Banco Shaw pertenecía al grupo Acevedo, anteriormente parte del grupo Bemberg, y los Acevedo eran dueños de Acindar.
Se abrieron las puertas a las entidades multinacionales y sus ejecutivos pasaron a formar parte del directorio y nivel gerencial del BCRA: Christian Zimermann, Enrique Folcini, Adolfo Diz, Alejandro Reynal, entre otros. Fueron los años en que David Rockefeller (Chase Manhattan Bank) alababa fervorosamente a Martínez de Hoz. Mientras tanto, los “advenedizos” del sistema bancario fueron perseguidos aún cuando fueran ideológicamente afines a Martínez de Hoz respecto de las bondades de un Estado no-intervencionista y libreempresista. Entre esos outsiders del poder tradicional podemos mencionar a los titulares de los bancos Los Andes, BIR, Latinoamericano, Oddone y el de Hurlingham.
Con el agravante, en este último, de que era propiedad del grupo Graiver (Egasa), a quien no se le podía tolerar no tanto que fuera un eventual consignatario de fondos de Montoneros, como que formara parte del conglomerado empresario soporte de José B. Gelbard al que se había desalojado del poder en marzo de 1976.

Para mejor entender, “(en 1974) David Graiver en su nombre y Manuel “Lito” Werner en el de Gelbard, habían comprado 125.000 acciones baratas (de la Cía Ítalo de Electricidad) en la bolsa de Ginebra”, agregando que en la posterior estatización “Ni Gelbard ni Graiver sacarían tajada pues ya no estaban en este mundo y porque habían vendido con antelación, a 100 francos cada una, las acciones que les costaron 55, ganando 5.625.000 dólares. Comprador fue: José Klein, el banquero húngaro-chileno que cedió a Graiver el Swiss-Israel Bank de Tel Aviv y el ABT de Nueva York”[ii].

Porque, en efecto, una de las primeras cuestiones que abordó Martínez de Hoz al asumir el ministerio fue resolver la de la Ítalo en beneficio del grupo Motor Columbus, y Graiver había sido un competidor de cuidado protegido por el gobierno derrocado. Eso explica la diferencia entre las distintas valuaciones de la empresa, anteriores y posteriores a marzo de 1976.
El hecho de que el Banco de Hurlingham fuera adquirido por el Grupo Chavanne a la sucesión de David Graiver, y que los Chavanne no tuvieran ninguna relación con los hechos que se atribuían a aquel sobre el dinero de Montoneros, sugiere que Martínez de Hoz debe haber tenido otros planes para hacerse de sus activos, y por eso destacó a un hombre de su confianza en la intervención: su ex-socio Aurelio Cid.
Pero Cid también fue a parar a Campo de Mayo, como muestra de la intensidad que tomaron las luchas de intereses internas al grupo de poder, y luego declaró como testigo en la Causa 13. Tampoco se salvó Enrique Lucio García Mansilla, que se jactaba de su relación con Masera, como lo declaró en sede judicial, con quien había cenado en el Maxim’s de París para charlar sobre el futuro del Banco de Hurlingham junto con Juan Claudio Chavanne y sus respectivas esposas.

La detención de los Chavanne y los Grassi por haber intentado comprar el Banco de Hurlingham a los herederos de Graiver se inscribe también, por lo tanto, en el caso del apoderamiento de Papel Prensa mientras en paralelo coincidía con la estrategia empresarial de Acindar tendiente a absorber a toda su competencia horizontal y verticalmente, desde la provisión de materias primas hasta la comercialización, cabalgando sobre la innovación tecnológica que significó la reducción directa y el reemplazo del carbón de coque por el horno eléctrico en la fabricación de acero.
Grassi fabricaba ferroaleaciones necesarias para endurecer el hierro, carburo de calcio y electrodos para soldadura.
      
Adquisición del Banco de Hurlingham 
El 7 de agosto de 1976, David Graiver murió en México al desplomarse a tierra el Falcon Jet matrícula NAR-888 que lo transportaba desde EEUU. El fallecido había adquirido en 1970 el Banco de Hurlingham, convirtiéndolo en muy poco tiempo en la institución preferida de la comunidad judía con sede en el barrio de Once.
Sus herederos comenzaron de inmediato a desprenderse de los activos del grupo, más por presión que por necesidad. 
Declaró Isidoro Graiver ante el Fiscal Molinas (1988): "En el mes de agosto de 1976, el Dr. Miguel de Anchorena, en ese entonces abogado apoderado de la sucesión de David Graiver, se puso en contacto con su cuñada para informarle que había recibido una informa­ción del señor Francisco Manrique, cuyo contenido era sintéticamente que el gobierno nacional vería con agra­do la desaparición del conjunto empresario Graiver como tal, para lo cual sería necesario la venta de los paquetes accionarios del Banco Comercial de La Plata, del Banco de Hurlingham y del ...control accionario de Papel Prensa S.A....”.

El 2 de noviembre de 1976, la sociedad Fapel (Diarios La Nación, Clarín y La Razón) compraron a Galerías Da Vinci y a Rafael Ianover la mayoría de las acciones que Graiver tenía en Papel Prensa.
El 27 de diciembre, los herederos de Graiver celebraron un convenio de compraventa del Banco de Hurlingham con el grupo Chavanne, que se habían consolidado económicamente mediante la comercialización de loteos en zonas turísticas, y estaban interesados en adquirir un banco mediano para financiar su comercialización.
Al concretarse la transacción se estipuló su perfeccionamiento sujeto a dos condiciones recomendadas por los asesores: a) una auditoría externa, y b) la aprobación de la transferencia por parte del Banco Central. Los resultados de la auditoría fueron satisfactorios pero el Banco Central puso dos objeciones para la transferencia del paquete accionario: la carencia del grupo comprador de capital líquido para desarrollar el banco y la falta de idoneidad de los compradores para operarlo.
El fallido Oddone[iii]) afirma que los compradores contrataron “...una gerencia profesional compuesta por los Sres Alejandro Reynal, Miguel Pérez, Carlos Etcheverrigaray y Rafael Seragopian. Todos estos funcionarios provenían de la Banca Morgan en la Argentina...”., dice Oddone.
La transacción fue similar a la de Papel Prensa: 10% al contado. El resto fue pagado en bonos totalizando unos 5 millones de dólares, cifra menor a la que había desembolsado David Graiver para comprar la entidad seis años atrás, es decir, un buen negocio para los Chavanne. La rumoreada relación entre Graiver, Montoneros y supuestos depósitos relacionados con el secuestro de los hermanos Born, llevaron a los Chavanne primero a comunicarse con autoridades de la dictadura para obtener seguridades (con el ministro Harguideguy y diversos militares), y más tarde a firmar un nuevo convenio para ponerse a resguardo de alguna futura investigación militar.

El directorio, luego de la compraventa, quedó conformado así: presidente, Jorge Tejerina; vicepresidente, Juan Claudio Chavanne; directores: general Mario Laprida, Rafael Olarra Giménez, Marcelo Augusto Chavanne y Federico Chavanne. Los Chavanne interesaron luego a Luis Arnoldo Grassi, titular de Industrias Siderúrgicas Grassi, a incorporarse al negocio, que se hizo efectiva mediante un préstamo con garantía real sobre empresas del Grupo Grassi. El 11 de agosto de 1978, Juan Claudio Chavanne cede a Industrias Grassi su participación en el Banco de Hurlingham. 
A los pocos días, la dictadura congela o interviene los bienes de Graiver mediante la Conarepa, entre ellos el Banco de Hurlingham.
Sin embargo, en noviembre de 1986, el vicepresidente de ese organismo informará en sede judicial “que después de una extensa búsqueda, en esta Comisión no se ha encontrado ningún tipo de antecedente, expedientes y/o resoluciones vinculados al Banco de Hurlingham... (y que esa tarea) fue asumida por el Banco Central de la República Argentina”. 
Lo que demuestra que esa repartición fue una fachada, y quienes conducirían el tema Banco de Hurlingham-Chavanne-Grassi fueron Christian Zimermann como vicepresidente del BCRA, y Juan Alfredo Echebarne como titular de la CNV, ambos reportando a Martínez de Hoz y a Juan Alemann. La Comisión Nacional de Reparación Patrimonial (Conarepa) había sido creada en octubre de 1977, dependiendo del ministerio del Interior a cargo del general Albano Harguindeguy. Como se sabe, Papel Prensa no fue incluido entre los bienes inhibidos por la Conarepa a fin de facilitar el traspaso a Fapel, el grupo que había elegido la dictadura.
El nuevo interventor, general de intendencia Alfredo Cassino, había circulado en varias de las comisiones ad-hoc creadas por Martínez de Hoz en el ámbito del ministerio de Economía para resolver la situación de empresas como la Ítalo (ya citada), Standard Electric (por el equipamiento de EnTel); Esso y Shell (por la “nacionalización de las bocas de expendio”), etc., y a posteriori, el ministro lo felicitó por “los patrióticos servicios prestados”. También perteneció al directorio de la Comisión Nacional de Valores en su carácter de vicepresidente (ver acta 579 de la CNV) y luego presidente.

El ministro de Justicia, brigadier Gómez, designó al abogado Gregorio Badeni como asesor de la intervención, y nótese que esa asesoría se mantuvo mientras todos los integrantes del directorio estaban ilegalmente retenidos en Campo de Mayo.
Y Cassino se permitió nombrar al propio Juan Claudio Chavanne como consejero en la administración de la entidad, cuando era parte de los desplazados.
Entre febrero y junio de 1978, Carlos Federico Chavanne, Jorge Tejerina, Marcelo Augusto Chavanne, Jaime Benedit, Jorge Bulleraich, Isidoro de Carabassa, Alberto Félix Cordeu, Jaime Fernández Madero, Alejandro Pinedo y Manuel Laprida (general RE), todos socios minoritarios, habían vendido sus participaciones en  el Banco de Hurlingham a Juan Claudio Chavanne. Y, como se expresó arriba, en agosto, éste las transfirió a Luis Grassi.

Es decir, Cassino nombraba a su lado para conducir el Banco de Hurlingham a un desplazado (Chavanne)  que era dueño de la mayoría del capital accionario mientras para otro sector de la dictadura, el consejero de un general a quien Martínez de Hoz había felicitado por sus patrióticos servicios prestados, tenía vínculos con la “subversión”.
Eso debía creer Christian Zimermann, vicepresidente del BCRA, por cuanto en un primer momento rechazó la transferencia de los Graiver a los Chavanne. O acaso no era por los vínculos subversivos, sino porque otros querían quedarse con la cartera y los activos del banco.
En el mismo período en que Juan Claudio Chavanne adquiría la participación mayoritaria del banco, el 8 de febrero de 1978 precisamente, la Comisión Nacional de Valores suspende la oferta de acciones de Industrias Siderúrgicas Grassi (acta 665 de la CNV). En ese entonces, y según los abogados defensores de Luis Arnoldo Grassi, la empresa controlaba el 69% del mercado. Téngase en cuenta que recién en agosto, Luis Grassi se incorporará a la inversión.
El núcleo de la suspensión, inspecciones y detenciones de los directivos de la empresa fue, según Juan Alfredo Etchebarne, que “si el objeto de Grassi era la fabricación y comercialización de ferroaleaciones y carburo de calcio”, al realizar operaciones financieras estaba desnaturalizando su objeto social (ver sucesivas resoluciones de la CNV).

Negocios en prisión
René Carlos Alberto Grassi fue privado de su libertad por efectivos del Ejército Argentino el 13 de setiembre de 1978. Juan Claudio Chavanne y su esposa Sara “Sharon” Duggan fueron detenidos el 14 de setiembre de 1978 por una fuerza de tareas dirigida por el “Mayor” Guastavino, Raúl Guglielminetti.
El 23 de setiembre de 1978, Luis Arnoldo Grassi fue privado de su libertad por efectivos del Ejército Argentino en el Comando del Segundo Cuerpo de Ejército, con asiento en la ciudad de Rosario.
El 17 de octubre de 1978 fue detenido Marcelo Augusto Chavanne, y ese mismo día un grupo armado al mando de los teniente coroneles Gatica y D’Alessandri detuvo a Jorge Tejerina, todos ellos en Buenos Aires.
Un mes antes, el 13 de setiembre 78, el coronel Roberto Roualdes –jefe de Comando Subzona Capital Federal- había iniciado una “prevención militar por presuntas violaciones a la ley 20840” que, por instrucciones del jefe del Primer Cuerpo, general Suárez Mason, incluyen “la detención e interrogación de personas involucradas y testigos necesarios, secuestrar documentación y realizar toda otra diligencia que estime necesaria…”, todo esto en la Prisión Militar de Campo de Mayo. No especifica la prevención quiénes son los detenidos. Ni hay constancia de secuestro de documentación. 

Entretanto, el interventor Cassino era reemplazado por el general Zoloaga y la Comisión Nacional de Valores iniciaba una investigación que culminaría en varias resoluciones donde se suspendía la cotización en la Bolsa de Industrias Siderúrgicas Grassi y se rechazaban todas las recusaciones contra Etchebarne, plantando además una causa penal que recayó en el juzgado a cargo del doctor Rafael Sarmiento. Esta suspensión se mantuvo en el tiempo, durante toda la dictadura, a pesar de lo cual la empresa siguió resistiendo las presiones sin bajar las persianas.
En julio de 1978, Etchebarne había destacado a los abogados Spinosa, Berini y Garris en la investigación de las supuestas irregularidades. Con presencia policial, los abogados realizaron allanamientos a las sedes de Grassi en Buenos Aires y Rosario.

En la causa Chavanne s/querella, Berini y Spinosa declaran que Etchebarne los citó a ambos en la puerta de su domicilio,...  y que los impulsaba a descubrir “los 20 millones de dólares de los montoneros". Sin embargo, declaró Juan Claudio Chavanne en la causa 13: ...“pedí una reunión con el teniente coronel Gatica y el teniente coronel D’Alexandre, para explicarles que yo tenía un conjunto de empresas, que las empresas estaban totalmente acéfalas, puesto que al retirar toda la documentación y los libros de las sociedades, y los síndicos estaban casi todos presos juntamente conmigo en Campo de Mayo, pedí que se tuviese una consideración porque se iba a perder absolutamente todo, a lo que Gatica me contestó: “¿Usted tiene algo para vender?”. Dije: “Sí, tengo muchas cosas para vender, pero hay cosas que se venden en forma inmediata y hay cosas que no se venden en forma inmediata”. Dije, por ejemplo, que tengo un campo en Pergamino que creo que se puede vender en el día. Y me dice: “¿Existe comprador?”. Tengo un comprador que si lo vamos a ver es muy probable que lo compre. “Perfecto —me dijo—,- lo vamos a estudiar”. Pasé tres o cuatro días directamente muy, muy mal, porque me pegaron muchísimo en esa época, nunca supe el motivo real, se me cortó el pelo totalmente, se me peló a la noche siguiente de habérseme pelado; me dijo: “Mañana vamos a un procedimiento”. Entonces, me dijeron: “Plánchese el traje, plánchese la camisa”. Me dieron todos los elementos. Planché todo; entonces le digo a Gatica: “¿Salgo en libertad?”. “No, todavía no, depende de la reunión de mañana”. Íbamos camino de Campo de Mayo, sin venda y sin nada, hacia Buenos Aires, y le dije: “¿Adonde vamos?”. Y me dijo: A vender el campo... Fuimos a la Compañía Financiera Agrícola, en Corrientes al 400, se hizo un procedimiento donde se llevaron 700 carpetas o 1000 carpetas, y doce menos cuarto entramos en el microcentro el Chevy verde del coronel Valdez y las dos camionetas con los soldados, y paramos en la puerta del Banco Rural...”. Y agrega Marcelo Chavanne en su querella: “(Juan Claudio Chavanne) relata que se presentó acompañado al Banco Rural acompañado por Gatica, D’Alesandri y Roualdes para venderle un campo (se refiere a la Ambógena, que luego sería adquirido por una empresa del Grupo Oddone) y que éste –Antuña- aceptó la compra en la medida en que el interventor Zoloaga aceptara la oferta y liberara de todos los créditos de Juan Chavanne que tenía en el banco”. Agrega Juan Claudio Chavanne: “... fuimos con el Ejército hasta Corrientes 2037 (sede del Banco de Hurlingham) y le planteamos la cuestión al Gral Zoloaga... Zoloaga estuvo totalmente de acuerdo”.

¿La “prevención militar” conducida por el coronel Roualdes tenía por objetivo encontrar el dinero depositado por Montoneros al banco de Graiver, proveniente del secuestro de los hermanos Born, o por el contrario, se trataba de un modo ilegal de hacer negocios y transferir bienes a los favorecidos por la dictadura?
Ese modo ilegal se expresaba crudamente en las propias declaraciones de Juan Claudio Chavanne: estuvo alrededor de un mes alojado en una celda de 80 centímetros de lado, continuamente parado, que en la jerga del lugar se denominaba “cepo”. Y desde el cepo era conducido al interrogatorio, esposado y encapuchado.
En octubre de 1983, cuando la causa iniciada por Rafael Sarmiento había pasado a otro juzgado a cargo del doctor Salvi, los abogados defensores de Luis Arnoldo Grassi, Luis Pignataro, Edgardo Cardona y Aristodemo Alberici (el resto había sido sobreseído), expresan en su presentación:
“El día 31 de agosto de 1978 el entonces presidente de la Comisión Nacional de Valores. Dr. Juan Alfredo Etchebarne, formalizó denuncia por presuntas irregularidades en el Banco de Hurlingham y en Industrias Siderúrgicas Grassi. A partir de esa denuncia hubo dos actuaciones paralelas, con aparente desconexión entre una y otra... Una de esas actuaciones la constituye el trámite impuesto en la causa por el entonces Juez Federal Dr. Sarmiento. Era la actuación de superficie, anodina... Su lectura nos permite concluir que no se estaba investigando: se estaba haciendo tiempo; se estaba la espera de obtener mayor efectividad con otros métodos...”.
En efecto, el Juzgado nunca respondió a las reiteradas denuncias de familiares de los Grassi sobre su detención en un establecimiento militar, y que estuvieron en condición de “incomunicados” por cuatro meses como mínimo. Agregan los abogados: “sólo a un cabal conocimiento del magistrado sobre lo que estaba sucediendo o a previa complacencia con la actuación militar, podemos atribuir esta falta de reacción”...
Rafael Sarmiento fue reconocido como uno de los interrogadores por el arrepentido ex – sargento Víctor Ibáñez, tal como lo relata el periodista Fernando Almirón en “Campo Santo”.
En sus minuciosas declaraciones por escrito ante el coronel Roualdes, obrantes en la causa Grassi y otros, s/infracción ley 20840, René Carlos Alberto Grassi, sin ocultar el clima de terror que vivía, se refiere frecuentemente a las preguntas efectuadas “por el señor de la izquierda.. y el señor de la derecha”, diferenciándolos del “Sr. Coronel” refiriéndose al propio Roualdes.
Con fecha 7 de marzo de 1979, el coronel Roualdes envió a la CNV una nota en la que expresa, entre otros conceptos laudatorios, “la vocación de servicio, el espíritu de trabajo, sacrificio, idoneidad, celo, escrupulosidad y responsabilidad” demostradas por Spinosa como perito de la entidad.
Las muy extensas declaraciones por escrito de las víctimas, directivos del Banco de Hurlingham y de Industrias Grassi, parecen demostrar que en una primera instancia, Martínez de Hoz, Alemann, Zimermann y Etchebarne los arrojaron a la crudeza de la prevención militar con el objeto de ablandarlos en Campo de Mayo. Pero la información brindada era de tal magnitud y complejidad que enseguida los interrogadores militares acordaron con éstos la colaboración de técnicos de la Comisión de Valores y BCRA, a los que se sumó la participación vocacional del juez Sarmiento “por motivos patrióticos”, ya que la ley 20840 perseguía a la subversión económica en su modificación efectuada por la dictadura.
En su presentación judicial, Marcelo Chavanne declara: “...b) en las declaraciones vertidas por los militares involucrados (en esta causa) ante la audiencia pública, todos fueron coincidentes en reconocer la falta de idoneidad de la unidad de combate para encaminar siquiera la investigación, por lo que solicitaron peritos al Banco Central y a la Comisión Nacional de Valores...”.
En este sentido, es fundamental el texto del acta Nº 711 de la CNV, de fecha 11 de enero de 1979: Nota 063/78 del Comando Cuerpo de Ejército I requiriendo cuatro peritos en comisión para desarrollar tareas en dicho Comando: luego de un análisis de la nota mencionada que tiene carácter estrictamente secreto y confidencial y de la nota Nº IJ9-0045/30/79 del mismo Comando en la cual se informa que las tareas a desarrollar por los peritos se harán fuera de la jurisdicción de la Capital Federal... se designa a distintos peritos hasta el 11 de abril inclusive del corriente año.
En su descargo en la causa Chavanne, Marcelo s/querella, Spinosa dirá ante sede judicial que sólo concurrió a un asado en sede militar (Campo de Mayo) donde estaba presente Suárez Mason, el juez Sarmiento, Etchebarne, y otros. Y Garris, que fue a Campo de Mayo a dar una conferencia aunque anteriormente Spinosa había declarado que “Garris se encargaba de la parte penal”. Spinosa dice que el trabajo en Campo de Mayo duró a lo sumo 20 días, y Berini que había comenzado en la primavera de 1978. Sarmiento fue reconocido como uno de los interrogadores: el coronel Sola declaró en sede judicial (27/11/86) “que entre setiembre y fines de diciembre de 1978 fue jefe de la Prisión Militar de Campo de Mayo... que respecto a Sarmiento que, no sabe si antes o después de esa fecha, escuchó decir que podría haber ido”.
Spinosa es citado como un interrogador civil “asesor de Etchebarne” por el arrepentido ex – sargento Víctor Ibáñez, tal como lo relata el periodista Fernando Almirón en “Campo Santo” sobre el centro de detención de Campo de Mayo.
En el expte Chavanne, Marcelo s/ querrella incorporada a la Causa 41712 (Rei), la víctima interpreta que: “...se puede observar que el General Zoloaga (Interventor del Banco de Hurlingham), libraba una verdadera batalla con Zimmermann para que éste le aceptara volcar en el patrimonio los intereses devengados de créditos que poseían garantía hipotecaria y cuyos titulares estaban secuestrados. En síntesis, Zoloaga se daba cuenta que se retenía a deudores del Banco para que no pudieran pagar”.
El señor Jorge Tejerina abonó el 26 de enero de 1979, estando detenido ilegalmente, la suma de 1, 5 millones de dólares y el banco fue liquidado, según pericia oficial en la causa 40.528 (ver fs.534).
En su declaración en sede judicial del 14 de setiembre de 1984, Christian Zimermann, repitiendo la metodología evasiva e impune evidente entre todos los involucrados en el caso Ítalo que declararon ante la Comisión de Diputados, y habitual en esa época, respondió que recuerda que el Ejército realizó un operativo en el BCRA respecto de distintas entidades entre las que habría estado el Banco de Hurlingham; que si hubo un pedido expreso del Primer Cuerpo de Ejército, “que no recuerda que haya existido pero es posible que así haya ocurrido y que sea el dicente que autorizó a una comisión”; “que conoció al coronel Roualdes... que cree que lo vio u habló alguna otra vez”, etc.
Pero lo más importante: “Preguntado para que se diga cómo puede explicarse la diferencia que existe entre las cifras señaladas como pérdida en la resolución por la cual se liquidó dicha entidad y en el informe del veedor de dicho banco, Carlos Broggi, obrantes a fs. 2208 y 1705 de la causa 40.528 de esta Secretaría, los que le fueron exhibidos, respondió: Que la mencionada resolución fue firmada por el dicente junto con el Almirante Covas en uso de las atribuciones que le confería el art. 11 de la Carta Orgánica del BCRA, y firmaron en representación del directorio, y éste posteriormente tuvo que ratificarlo. Que los datos que se mencionan en dicha resolución fueron extraídos del expte instruido al respecto, que lleva el número 100.035/79. Que, en cambio, el otro informe es uno de tantos realizados por funcionarios de la entidad, y que se trata solamente de un papel de trabajo que no tiene valor formal”.
Ese “papel de trabajo sin valor formal” demostraba que la entidad era viable. ¿Y si no se había encontrado ninguna vinculación ni directa ni remota con el mítico “dinero de los Montoneros”, por qué se liquidó el Banco de Hurlingham?



[i] Basualdo, Eduardo M. La reestructuración de la economía argentina durante las últimas décadas de la sustitución de importaciones a la valorización financiera. En: Neoliberalismo y sectores dominantes. Tendencias globales y experiencias nacionales. Basualdo, Eduardo M.; Arceo, Enrique. CLACSO, Buenos Aires. Agosto 2006. ISBN: 987-1183-56-9
[ii] Gasparini, Juan. David Graiver, banquero de los Montoneros, versión pdf, pág. 39
[iii] Oddone Luis Alberto, “Justicia cómplice en la Argentina”, pdf

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