lunes, 11 de julio de 2016

¿QUE DIRIAN BELGRANO Y SAN MARTIN?



El monetarismo puede ser mortífero para la nacionalidad. Como ahora.
En 1816, Manuel Belgrano, creador de la bandera argentina, celebró haberse librado del yugo monárquico español.
Doscientos años después, Mauricio se postró ante el rey muleto Juan Carlos de España, llamándolo querido. Quizás exagero, pero intento calibrar si alguna vez soñó algo semejante. Lo citó especialmente en su discurso, como distinguiéndolo del resto de los magnos asistentes presentes, lo que puede dar pie a otras 


tantas versiones: por ejemplo que una empresa española construirá un metrobus a lo largo y a lo ancho de sus viejos dominios con beneficios fiscales que ayuden a reducir lo que Mauri considera el trato injusto que se dispensó a Repsol, cuyos directivos, por otra parte están presos allá en el reino hispánico.
Prat Gay se había adelantado pidiendo disculpas por la estatización de YPF.
Basta con mirarle atentamente la cara (a Mauri) como diciendo “¿viste papá dónde llegué?”. De todos modos, sus palabras escuetas propias de Billiken o Patoruzú no logran superar ese habitual tono incoloro, incoloro e insípido que aprendió a duras penas en la UCA. Po.
Para valorar mejor esta situación, también recibió el aplauso de Menem. Todo cierra ¿no? Es que la democracia electoral es así.
El verdadero milagro sería que la vicepresidenta intentara imitarlo postrándose ante su majestad  porque el vasallaje algunos lo llevan en el cerebro y la sangre, que es como se decía antes de descubrir el ADN...pero las limitaciones físicas la pueden.
El maturrango está salpicado por la corrupción, y Macri pronto lo estará.
¿No es suficiente la pintura de época?

sábado, 2 de julio de 2016

ADIOS AL CORONEL


Jorge Abelardo Ramos

Acaba de morir Perón, cuya inmortalidad aseguraban algunos de sus adictos más devotos. Pero había algo de verdad en semejante idea, pues a ese hombre singular podían aplicarse las palabras de Bismark: “Todo hombre es tan grande como la ola que ruge debajo de él”. La ola de Perón no era el ejército prusiano, sino la multitud innumerable que trasmitirá su memoria al porvenir. Cabe decir de él, como de Yrigoyen, que fue “el más odiado y el más amado de su tiempo”. Su tiempo comenzó en una madurez avanzada, a los cincuenta años. Cuando los coroneles se retiran o ascienden a generales para proyectar su retiro y concluir ordenadamente su vida. Le tocó a Perón lanzarse a una aventura histórica de una turbulencia e intensidad pocas veces conocidas.
Ingresó a la acción pública cuando terminaban al mismo tiempo la crisis, la década 


infame, y la Segunda Guerra Mundial imperialista. La neutral Argentina gozaba de prosperidad. Poco a poco la desocupación de los años duros era absorbida por el impulso industrial creado a consecuencia del conflicto bélico y de la bancarrota del 30. Los peones se hacían obreros y las chicas del servicio doméstico, humillado y martirizado, ingresaban a las nuevas fábricas. Pero al llegar a las ciudades, no había lugar para ellos ni en los partidos políticos de izquierda, ni en los antiguos sindicatos, influidos por tales partidos. Los trabajadores, que se harían peronistas en 1945, descubrieron un sistema político fuertemente impregnado de la influencia anglosajona.
La herencia del viejo partido de Yrigoyen había caído en manos de los alvearistas, amigos de Inglaterra, de la CADE y de los conservadores liberales.  De Lisandro de la Torre, los demócratas progresistas no querían ni acordarse: participaban en amables tertulias con los protectores de los asesinos del senador Bordabehere, para urdir el ingreso de la Argentina a la segunda gran guerra de las democracias coloniales. Naturalmente, el Partido Socialista fundado por Juan B. Justo integraba tales reuniones, que prologaban la inminente Unión Democrática. Para no ser menos, el Partido Comunista inspirado por Vittorio Codovilla (bajo la luz bienhechora de Stalin), era uno de los artífices de tal alianza, que pretendía reproducir en la Argentina el pacto de los tres grandes y los acuerdos de Yalta. Estos pactos se traducían al castellano mediante la exigencia de sustituir la lucha contra el imperialismo por la lucha contra el fascismo. Como el fascismo era desconocido en el país, se idealizaba la presencia del imperialismo “democrático” y se recomendaba a los obreros de los frigoríficos no pedir aumentos de salarios para no dificultar “la lucha de los ejércitos que luchaban por la libertad del mundo”. Por su parte, la burguesía industrial era tan débil que ni siquiera contaba con un diario propio.
Al irrumpir en la historia, Perón se enfrentó con ese cuadro. Su robusto realismo político le permitió advertir que el país se encontraba en el umbral de una nueva edad. Muchos lo habían anunciado y hasta habían llamado a esa hora del destino: Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Manuel Ortiz Pereyra, el capitán de fragata Oca Balda, el ingeniero Alejandro Bunge, Joaquín Coca, Manuel Ugarte. Desde el campo del yrigoyenismo revolucionario, del nacionalismo burgués, del nacionalismo tradicional, desde el socialismo clásico y hasta del marxismo no staliniano, argentinos resueltos habían preconizado la necesidad de concluir para siempre con la vergüenza de la factoría inglesa, hermoseada con poetas anglomaníacos, con izquierdistas de Su Majestad, o con trogloditas del Nuevo Orden.
Perón resumió a su modo algunas de esas aspiraciones explícitas. Encarnó las esperanzas latentes de las grandes masas que carecían de voz, y los intereses de la nueva burguesía, así como llevó a la práctica el nacionalismo militar concebido por el general Savio. Esta síntesis fue su fuerza y su justificación histórica. Pero cada vez que una corriente nacional brota en América Latina, los doctos sabihondos se precipitan al error con un olfato infalible. Pulularon en la época múltiples teorías sociológicas que habrían  erizado de risa o de cólera al viejo Marx, ya que muchos de sus apologistas invocaban nada menos que a semejante maestro.  Desde 1944, cuando Perón  pronunciaba sus primeros discursos en los balcones de la calle Perú, las preguntas o afirmaciones más corrientes eran: ¿Es fascista? ¿Es falangista? ¿Es un candidato o un dictador? ¿Es un agente alemán? Aquellos que tenían  el dudoso gusto de leer la folletería de la “izquierda roosveltiana” añadían con sabio misterio: “es un caudillo del lumpenproletariat”. Parece mentira, pero tales gentes de hace treinta años tienen prole ideológica, que repite las mismas vaciedades en nuestros días.
Perón fue el jefe de un movimiento nacional en un país semicolonial. Su poder personal emergió de la impotencia de los viejos partidos que se negaron a apoyarlo en 1945 y que prefirieron aliarse con Braden. Ese poder personal perduró como un factor arbitral en una sociedad inmadura. Adquirió por momentos un franco carácter bonapartista. Ese fenómeno es habitual  en los países del llamado Tercer Mundo, pues frecuentemente se revela  como una verdadera necesidad general, para resistir la intolerable presión del imperialismo, altamente concentrado en su poder y dirección. Las contradicciones que se le reprochaban a Perón no eran sino la expresión personal de las clases sociales nucleadas en su torno y que el caudillo representó a lo largo de toda su carrera. No fue un “agente de la burguesía industrial”  ni un “caudillo del proletariado” ni, mucho menos, un “líder de poder carismático”. El vocablo “carisma” refleja la pobreza científica de la sociedad norteamericana, que ahora apela a la magia. El influjo de Perón no era sobrenatural o inexplicable. Consistía en interpretar el estado de ánimo y los intereses de las grandes masas y clases oprimidas. Cuando lo lograba, ese poder era tan inmenso como la energía de las multitudes que hablaban a través de él. En otras ocasiones, ese poder era el de un ciudadano corriente.
Perón e Yrigoyen fueron los dos grandes caudillos nacionales en lo que va del siglo. Nadie podrá imputarle a Perón, a lo largo de su prolongada lucha, que haya sido infiel al programa que propuso al país en 1945. No fue un fascista, por supuesto, ni un socialista, naturalmente.  Los gorilas del 45 no comprendieron lo primero, ni muchos de sus hijos, lo segundo. Perón siempre aspiro a ser el mismo su propia izquierda y su propia derecha. Como luchó por desarrollar un capitalismo nacional (estatal y privado) contra la sociedad inmóvil de la hegemonía terrateniente, ésta lo declaro indeseable, lo derribó y lo expatrió durante dieciocho años. El pueblo, sin la ayuda de los sociólogos, comprendió que sólo un patriota podía merecer tal castigo. A tal odio respondió con un amor equivalente. Perón intuyó certeramente su próximo fin. El discurso del 12 de junio, que declaraba al pueblo único heredero de sus banderas, constituyó el testamento político de este varón singular, que entró en la muerte tan oportunamente como había irrumpido treinta años antes en la historia.

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domingo, 26 de junio de 2016

PERONISMO.. DECLARACION DE FORMOSA 2016

UN DOCUMENTO TRASCENDENTE DESDE EL PERONISMO / Declaración de Formosa

En la ciudad de Formosa, invitados por el gobernador de la Provincia, Doctor Gildo Insfrán, presidente del Congreso Nacional del Partido Justicialista, los abajo firmantes se reunieron los días 23 y 24 de junio 2016, a efectos de analizar y debatir la propuesta formalizada en la invitación: colaborar en la actualización doctrinaria del Movimiento Justicialista para fortalecer las grandes banderas de la Independencia Económica, la Soberanía Política y la Justicia Social en el siglo XXI, con sentido federal y en el camino de la Integración Latinoamericana.
 
Por ello, esta declaración se orienta a constituir una herramienta para la acción que impulse y acompañe la construcción social de la política. Un auténtico marco conceptual. Una carta de navegación.
 
Al modelo liberal que se representa en el individualismo, el hedonismo, la acumulación de la riqueza y la expansión del capital financiero; oponemos otro que se funda en el valor del amor, la equidad, la solidaridad y la soberanía integral. Surgimos como un proyecto político-cultural frente a las potencias imperialistas que pretendían dividirse el mundo y hegemonizarlo. El justicialismo puso en marcha un proyecto que ponía al Estado al servicio de la comunidad, regulaba la economía, los servicios, las comunicaciones, el petróleo, el comercio exterior, las finanzas, entre otras realizaciones. Esto dio lugar al mayor proceso de inclusión social a través de derechos y conquistas inéditas para el pueblo. La Nación consagró soberanía, reemplazando al poder del mercado, de las oligarquías y de los monopolios internacionales.
 
La política es memoria histórica, compromiso popular y utopía. La memoria nos da nuestra identidad; es el compromiso con nuestros mártires, con nuestros héroes y con las conquistas logradas por los gobiernos populares. El presente nos desafía. La derecha pretende imponer un modelo de Estado mínimo, un gobierno de ricos y gerentes de grandes multinacionales.  Su objetivo es desmantelar el  conjunto de progresos laborales y sociales y los derechos conquistados durante los últimos años. Nuestro gran desafío es eliminar la grieta abierta por la desigualdad.
 
Sostenemos la vigencia de las tres banderas históricas del peronismo, y la unidad latinoamericana como única forma de viabilidad de los países del continente. Defendemos los Derechos Humanos y sociales desde una visión integral, multiétnica y pluricultural, el desarrollo científico-tecnológico, el resguardo de los recursos naturales y biogenéticos estratégicos de la Nación y  la soberanía en todo el territorio, ratificando nuestra profunda vocación continental.
 
La organización vence al tiempo y a los proyectos antinacionales. El peronismo es un movimiento político y social,  frentista y de unidad nacional, y es la columna vertebral del movimiento nacional.  Por eso bregamos por un partido justicialista consolidado como herramienta efectiva de transformación social. Asimismo, sostenemos la necesidad de que el movimiento obrero organizado se mantenga unido, pues es parte sustancial del movimiento nacional.
 
Reivindicamos el federalismo, la unidad nacional, un proyecto productivo industrial y sustentable, el pleno empleo, la justa redistribución de la riqueza material y cultural, una educación liberadora que priorice el conocimiento de lo propio sobre lo universal, y la vigencia de la democracia social. En definitiva, seguir trabajando por la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria.
 
Para ello es necesario cerrar la grieta de la desigualdad. Consideramos imprescindible revertir el shock distributivo impuesto por el actual gobierno en favor del capital concentrado para retomar un modelo que apuntale la demanda interna y promueva el crecimiento sostenido. Lograr una distribución equitativa requiere de la acción de un Estado presente para no caer en la trampa neoliberal del efecto derrame. El mercado no asigna de manera justa los recursos de una comunidad, más aun en una economía fuertemente concentrada y extranjerizada como la nuestra. Por ende, es necesaria la regulación del Estado para evitar comportamientos de abuso de poder en perjuicio de los más débiles.
 
Apelamos a un modelo que ponga el eje en la producción, el trabajo y el consumo como generadores de riqueza, y no en la especulación financiera. El desarrollo económico presenta una condición necesaria que es el federalismo fiscal. En este sentido, se requiere una reforma tributaria que apunte a una mayor equidad distributiva territorial, dotando de autonomía real a los gobiernos locales. Se debe avanzar hacia un sistema recaudatorio de mayor progresividad, disminuyendo la presión tributaria sobre los sectores productivos, trabajadores y los más vulnerables, sin desfinanciar al Estado.
 
En cuanto al Sistema de Seguridad Social, debemos avanzar hacia una etapa superadora de lo que han sido el programa de inclusión previsional y la implementación de la AUH a través de la Universalización de las Jubilaciones y las Asignaciones Familiares. Al mentado 82% móvil se llega blanqueando a los trabajadores informales y no excluyendo a quienes sus empleadores no les realizaron los aportes correspondientes. La economía argentina en sus ciclos de expansión enfrentó situaciones de restricción externa, debido a una estructura productiva desequilibrada. Esta restricción estructural solo se supera con industrialización y más integración regional; y no con endeudamiento externo, sobre todo cuando mayormente se destina a financiar fuga de capitales y gastos corrientes.
 
Planteamos nuestra defensa de un Banco Central que sea parte de un proyecto de desarrollo y no regido por el concepto neoliberal de  “independencia”, que en los hechos lo somete a los requerimientos del sector financiero y lo torna funcional a la especulación. Consideramos importante superar la etapa de reinversión de utilidades en el proceso de industrialización, creando una banca específica para este fin. La construcción de un programa económico que reestablezca la producción nacional, el pleno empleo y la elevación sostenida de salarios y  protección social, debe concretarse en el marco de una concertación con los actores sociales involucrados: empresarios, trabajadores y organizaciones libres del pueblo. La independencia económica es la única garantía de la Soberanía Política que nos permitirá construir un país con Justicia Social.
 
Toda concepción sobre el Estado y el Derecho depende del modelo de país que tengamos, y el peronismo rechaza todo modelo de inequidad e injusticia. Es necesario un Estado activo que garantice el ejercicio efectivo de los derechos, tanto de manera individual como colectiva. Reivindicamos al derecho como un sistema de valores que responde a una dinámica histórica y política. El constitucionalismo social, que en nuestro país tuvo su manifestación en la denominada “constitución peronista de 1949”, instituyó para siempre la relevancia de los derechos sociales, económicos y culturales. Entendemos que el desafío del peronismo en el marco del bicentenario de la independencia incluye renovar la agenda de la ampliación de derechos que ha sido una de sus marcas identitarias. Un ejemplo en esta línea lo podemos encontrar en la encíclica Laudato Si de Francisco, la cual, a su vez, se relaciona con el Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo escrita por Perón en 1972, relativa a la naturaleza y la tierra como un sujeto de derecho digno de respeto frente a la cosmovisión moderna que la condenaba a ser objeto de explotación ilimitada.
 
Nuestra visión de los derechos es emancipatoria, a diferencia de las constituciones liberales del siglo XIX cuyo espíritu inunda nuestra actual Carta Magna. Esto tiene que ver con que desde nuestra cosmovisión, el Estado no es el problema sino parte de la solución; sin su intervención, el único derecho es el del más fuerte. Sobre esta base, y a sabiendas de los desafíos que enfrentamos, creemos necesario afirmar que el peronismo, siguiendo su naturaleza revolucionaria, debe comprometerse con la promoción de un debate nacional sobre estas temáticas, incluyendo la posibilidad de discutir una nueva Constitución. Tal debate debe orientarse hacia un modelo de país profundamente federal e inclusivo. Este federalismo no puede ser declamativo, sino que debe garantizar que cada argentino pueda realizarse donde ha nacido o elegido vivir, para lo cual es necesario repensar la relación entre los diferentes niveles del Estado, para garantizar el crecimiento con equidad territorial y justicia social.
 
Asimismo, a la luz de las recientes experiencias latinoamericanas en las que el poder judicial resulta un actor central en las estrategias de debilitamiento de gobiernos democráticamente elegidos, creemos esencial repensar los límites y las prerrogativas de este poder del Estado, para que pueda cumplir con su objetivo, que no es otro que afianzar la justicia en pos del bienestar general.  A su vez, creemos que hay que poner en valor al pueblo como poder constituyente antes que al poder constituido, brindando herramientas para que una mayor participación popular genere un verdadero espacio de discusión pública alejado de las escenas farsescas de la telepolítica. En otras palabras, se trata de mostrar que una democracia real y con fuerte participación puede ser una alternativa a la crisis de representación que genera la democracia liberal y formal, y que los derechos no son una dación generosa del poderoso sino una conquista por la que el peronismo debe luchar cada vez que surge una nueva necesidad.
 
La visión del General Perón planteada en la década del ‘50 del siglo pasado, según la cual el continentalismo sería la expresión del futuro mapa político internacional, es hoy una realidad. Munidos de esta certeza, el Movimiento Nacional Peronista, tiene la responsabilidad de plantear una política internacional acorde con sus principios doctrinarios: un modelo de trabajo, producción y Justicia Social, es decir, colocando al hombre y su medioambiente en el centro de la construcción del modelo social al que aspiramos.
 
El mundo unipolar nacido en los años ’90 con la caída de la Unión Soviética, que construyó un hegemonismo imperial durante décadas, ha sido reemplazado por un multilateralismo con diversas significaciones: por un lado, una hegemonía de los EEUU con sus socios; y por el otro, nuevos actores protagonistas de la política internacional. La excusa política de lucha contra el terrorismo, narcotráfico y otros flagelos, generalmente oculta el intento de ocupación territorial y de recursos estratégicos por parte las grandes potencias. La enunciación por parte de Perón de la Tercera Posición en el mundo de la posguerra, implica hoy la afirmación de un modelo político que en lo internacional, sostenga una organización multipolar, un sistema económico con base en la Justicia Social y el hombre como centralidad, en una comunidad internacional organizada. No hay pueblo que se realice en una comunidad humana que no se realice.
 
Como lo ha afirmado el Papa Francisco, son dos los peligros que se ciernen sobre la humanidad. Por un lado, una situación de “tercera guerra mundial en cuotas”. Por el otro, la afectación, a partir de un modelo económico depredador, de la casa común. La articulación de un modelo social solidario y justo es una responsabilidad que la política debe asumir de manera concreta para evitar el riego de una humanidad que sucumba ante los intereses financieros, destruyendo de este modo toda posibilidad de organización social y cultural.
 
La introducción de la ética en las relaciones internacionales es el correlato de la construcción política en el plano local. De esta manera, la universalización del pensamiento peronista es un aporte doctrinario a la humanidad.
 
En este contexto, la propuesta justicialista ratifica su matriz doctrinaria integracionista según la cual Latinoamérica estará unida o dominada. La construcción de la Patria Grande es el camino estratégico de realización común y su proyección al mundo, aportando su identidad americana, morena, criolla y mestiza. Nosotros somos la Patria Grande, protagonistas de la historia mundial, afirmando la concepción de nuestros padres fundadores, San Martín, Bolívar y Artigas, reflejada 200 años después en la creación de MERCOSUR, UNASUR y CELAC. Es por ello que debemos persistir en ejes estratégicos comunes en materia de industrialización, infraestructura, políticas financieras y de recursos naturales, así como en su defensa.
 
La lucha de modelos antagónicos que se expresan en el plano económico internacional, es parte de la extorsión imperial hacia los países latinoamericanos en la imposición de tratados de libre comercio, en un intento de re-primarizar sus economías y fundar un nuevo colonialismo del siglo XXI. El libre comercio es, en esta perspectiva, la imposición de los Estados centrales sobre las economías semi-industrializadas de los países emergentes. El peronismo no acepta acuerdos de integración que como la Alianza del Pacífico y, sobre todo, el Tratado Alianza Transpacífica, subordinen a la Argentina a las decisiones de los grandes monopolios trasnacionales.
 
Es un objetivo del Movimiento peronista la recuperación de las Islas Malvinas, Sandwich y Georgias del Sur, poniéndole fin a un enclave colonial en el territorio nacional. Es también objetivo irrenunciable, la preservación del territorio, la biodiversidad y los recursos naturales que hacen a nuestra soberanía política y territorial. La causa de Malvinas  y el reclamo argentino del territorio antártico es una causa latinoamericana.
 
El peronismo se manifiesta como una revolución cultural, cuya concepción y acción ha modificado los paradigmas y realidades de la sociedad argentina. Los intentos de desnaturalizar su identidad, exitosos en otros  movimientos de liberación nacional del mundo emergente, se reiteran en cada avance del neoliberalismo. Defender la zona pétrea de nuestra identidad peronista, marcada por la banderas históricas del justicialismo, es garantizar su existencia activa como movimiento al servicio del pueblo y de la Patria. A partir de esa esencia inamovible, la Idea Justicialista en acción, ha sido capaz de expandirse encarando una diversidad de desafíos históricos.
 
La idea de inclusión está en la centralidad de su identidad. El peronismo nace en defensa de la cultura del trabajo. Reivindica a los trabajadores como columna vertebral del movimiento. Entiende al trabajo como organizador comunitario y como un derecho humano esencial. Propone que la sociedad y el Estado se valgan del capital y lo reubiquen al servicio de la comunidad y el trabajo.
 
La concepción nacional, popular, humanista y cristiana que nos legó Perón, se ha renovado respondiendo a lo largo del camino con históricas conquistas: el voto femenino, los derechos de la niñez y la ancianidad, la protección integral de la familia, la gratuidad universitaria, el desarrollo científico y tecnológico, la reivindicación de los pueblos originarios, la titularidad inalienable de los recursos naturales, el matrimonio  igualitario, ente otras.
 
Su riqueza conceptual, teórica y cultural cuenta con inolvidables nombres  que lo iluminaron como Arturo Jauretche, Homero Manzi, Leopoldo Marechal, Arturo Sampay, José María Rosa, Carlos Astrada, Rodolfo Puiggrós, Rodolfo Modolfo, Enrique Santos Discépolo, Nicolás Olivari, Jorge Sabaté, César Tiempo, Cátulo Castillo, Hugo del Carril, Juan José Hernández Arregui, Mary Tapia, Rodolfo Walsh, Rodolfo Kusch, Paco Urondo, Jorge Abelardo Ramos, Hector  Germán Oesterheld, Enrique Oliva, Amelia Podetti, Leonardo Favio, Fermín Chávez, Leónidas Lamborghini,  Alicia Eguren, Aníbal Troilo, Armando Poratti, Gustavo Cirigliano, Xul Solar, Carlos Gorriarena, Gerardo Vallejos, Vicente “Tata” Salemi, Chango Farías Gómez, Claudio Diaz, José María Castiñeira de  Dios y muchos otros, incluyendo los que hoy aportan sus trabajos intelectuales, su creatividad y sus polémicas.
 
La frase de Jauretche “Lo nacional es lo universal visto con ojos propios” es la definición que mejor describe la fuerza cultural de ese ideario. La colonización cultural, ha sido el gran fetiche a derribar de esta lucha. “Sin conciencia de sí, el argentino desorientado busca donde elegir un rostro y un futuro. Cuando uno no sabe qué hacer con su vida otros se la hacen…sin conciencia de lo que somos, no somos verdaderamente”, explicó Gustavo Cirigliano marcando claramente el dilema de la dependencia como destino despersonalizador del individuo y la Nación. La lucha se libra de forma desigual contra las hegemonías económicas y culturales que controlan los grandes medios monopólicos de la comunicación.
Ayer con la tiza  y el carbón, hoy con los nuevos medios digitales y en especial bregando por la recuperación del derecho al acceso amplio y democrático a la comunicación, la batalla cultural se expande y continúa.
 
Es una batalla que se libra en el campo mismo del lenguaje, cuando se distorsionan hasta las palabras y su sentido con términos como flexibilización laboral, cambio, sinceramiento y pesada herencia, configurando un fraude semántico que, con su engaño, intenta manipular a la sociedad. Reivindicamos por ello las valiosas conquistas, aún incompletas, obtenidas por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, que son patrimonio del pueblo argentino, tendientes a democratizar la palabra, combatir la concentración de medios y el compromiso con nuevos contenidos federales, culturales y educativos. Encaramos por ello con optimismo estos desafíos con un enorme bagaje conceptual encarnado en nuestra doctrina, en nuestra capacidad de renovación y en la tradición de nuestros mejores hombres y mujeres. Fueron ellos, encabezados por Perón y Evita, líder de acción y de intelecto el primero, sensibilidad y amor nuestra inolvidable compañera. Ambos expresan la síntesis entre razón y corazón, hoy más válidos que nunca.
 
En definitiva, los argentinos nos encontramos hoy ante la misma encrucijada histórica que enfrentaron los patriotas de 1816: Patria o colonia. Ante este dilema, no dudamos que las banderas históricas del peronismo, enriquecidas con los aportes expresados en este documento y los que realicen todos los sectores del campo nacional y popular, constituyen el faro que nos ha de guiar hacia la efectiva emancipación nuestro pueblo en el Bicentenario de la Independencia.
¡Viva la Patria!

sábado, 25 de junio de 2016

MENSAJE DE TEODORO BOOT EN UNA BOTELLA


Teodoro Boot

A manera de inútil prefacio o pedido de disculpas, el autor, que se educó en la lectura de ensayos, no tiene más que añorar esas casi lejanas épocas en que se tenía tiempo disponible como para leer más de cuatro mil caracteres.
Pues bien, satisfacer esa exigencia es, para mí, hoy imposible.
Hecha esta aclaración inicial, creo recordar que alguna vez Luis Salinas escribió una nota –larga y asombrosa como todas las suyas– que llevaba el título de este artículo o ensayo. No recuerdo de qué trataba, pero la sospecho de alguna manera relacionada –como tal vez pretenda estar esta– con la sentencia de Leopoldo Marechal: “El pueblo siempre recoge las botellas que se tiran al mar con mensajes de naufragio”.


Lo que mata es la ansiedad
Los cambios en los hábitos de lectura, debidos a los “apuros de la vida moderna”, la ansiedad que crean los monitores de las computadoras y –¡válgame Dios!– las pantallitas de los celulares, o acaso la pereza adquirida y cultivada, aconsejan escribir cortito y al pie, preferentemente con algún toque de escándalo, humor o sorpresa, cosa de sacudir un poco la modorra ajena.
No tengo gran dificultad para escribir corto y, a veces, hasta en forma entretenida, pero hay ocasiones, o temas, en que hasta tan modesta hazaña se vuelve demasiado ardua.
No faltará quien crea, dicho sea de paso, que uno escribe como quien defeca: una sentada, un cachito de fuerza y ya está. No es así, de ahí que el lector debería valorar los esfuerzos de tantos escritores y periodistas por acomodar un relato o media idea en espacios limitados, cuya extensión ha sido preestablecida.
Pero más allá de que –como se intentará mostrar– uno no es más que lo que hace, quien suscribe no es periodista, o no lo es al momento de escribir esto. Tampoco pretende ser un observador imparcial, ni un filósofo ni, mucho menos, un panelista televisivo. Quien firma estas líneas las escribe desde su adhesión político-cultural básica: el nacionalismo popular. Y según su modesta experiencia política y humana le indica, el único análisis que tiene alguna utilidad es el que nos permite comprender la razón de nuestros errores y corregir nuestras conductas, aunque no para ser más “buenos”, sino para tener éxito en nuestros propósitos.
Hechas estas aclaraciones y planteados de antemano los límites y alcances de lo que aquí se diga y se piense, el tema será –¡cómo no!– José López.
Ya van muchos años desde que uno se creía a salvo de un José López, pero parece que la felicidad nunca es ni completa ni definitiva.
Como sea, y no por ansias de originalidad sino de utilidad, vamos a pretender conservarnos fuera de las tentaciones a la justificación o, en su defecto, a la lamentación con que tanto nos abrumaron en los últimos días. Y capaz que hasta lo consigamos, si el lector tiene la suficiente paciencia –y culo de fierro– como para leer lo que sigue.


Corrupción divino tesoro
Puede decirse que, por lo menos desde los tiempos en que gobernaba Yrigoyen, la corrupción de los funcionarios públicos fue el principal argumento usado para desprestigiar a los procesos nacionales, desplazando el ángulo de mira de lo principal a lo secundario. En estos casos, lo principal es el sentido de las políticas, la dirección que se les imprima y a quiénes beneficien o perjudiquen, porque ya se sabe: más allá de los eslóganes publicitarios, distribuir es siempre sacarle a unos para darle a otros, y la pobreza cero sólo es posible en tanto también lo sea la riqueza cero. Cualquiera que sostenga otra cosa, miente descaradamente o se encuentra en avanzado estado de ebriedad.
Pero ¿por qué el discurso de la corrupción tiene como objetivos predilectos a los movimientos populares?
La primera razón es que, por definición, los movimientos populares, además de tener ambiciones justicieras, son, en líneas generales, protagonizados por individuos y grupos ajenos a las oligarquías. En una palabra, por pelagatos a los que, en cuanto echan buena, se les nota demasiado, razón por la que se los suele acusar, muchas veces con justicia, de enriquecimiento ilícito. Para la percepción general, el vecino de la vuelta no tiene derecho a pelechar, y si lo hace, fija que fue por robar. Pero para esa misma percepción los oligarcas, los ricos, los millonarios, tienen todo el derecho a seguir enriqueciéndose, del modo que sea, porque para eso son ricos.
Hay aquí un asunto de percepción, de mirada y de prejuicios –la base de lo que comúnmente se llama “cultura”–, contra la que los argumentos y explicaciones lógicas valen muy poco. Cuando un rico aumenta su fortuna, hizo las cosas bien y tuvo suerte. Cuando un pobre se hace rico, robó o es corrupto. Y no hay más nada que discutir.


Los perros de Lanata
La segunda razón por la que los movimientos nacionales y populares son tan frecuentemente acusados de corrupción es estratégica: a poco que cualquiera se detenga a mirar, libre de prejuicios y manipulaciones, verá que, por lo general, cuando los ricos aumentan su fortuna no lo hacen mediante el esfuerzo personal, físico si se quiere, como podrían hacerlo un camionero, un plomero o un comerciante, sino que lo consigue mediante dos métodos: el tradicional y “honesto”, la sofisticación capitalista del antiguo esclavismo que consiste en apropiarse del valor que produce el trabajo de sus empleados; y el picaresco: el robo de guante blanco, básicamente, la corrupción, de ambos lados del mostrador.
No es difícil darse cuenta de que los ricos son más corruptos y roban más que los pobres, porque pueden y saben cómo apoderarse de lo ajeno.
El maravilloso resultado de hacer siempre hincapié en la honestidad o falta de honestidad de unos y otros es que, siempre para la percepción general –lo que no es un detalle menor–, “todos los políticos son corruptos”, y todo termina siendo igual y nadie mejor, tal como reprocha el amargo y depresivo discurso del “Cambalache” de Discépolo.
Esta percepción es, justamente, lo máximo en materia cultural a que puede aspirar una oligarquía, que no necesita más que del ejercicio del poder para conservar el sistema en el que medra y hacer las cosas a su antojo. El pueblo, en cambio, necesita o bien de la violencia revolucionaria o bien de la política para hacer escuchar sus reclamos y plasmar su voluntad.
En tanto la violencia popular revolucionaria tiene que ser ejercida por aficionados contra profesionales que detentan el monopolio de ella, y la política se basa en el imperio del número, siendo los pobres mayoría el camino a elegir parece surgir con claridad.
Pero es entonces que, excluyendo las proscripciones de uso, aparecen los otros, los sutiles instrumentos de dominación, los que manipulan las mentes y la percepción, que nos llevan inevitablemente a desconfiar de todos y, en consecuencia, a descartar cualquier política justiciera por inviable, porque, finalmente, todo da igual, nadie es mejor y, ya se sabe, todos los políticos roban.
Conviene recordar el sentido y propósito de esos discursos moralistas, que arrecian cuando imperan las políticas populares o cuando se hace necesario distraer la atención. Un ejemplo: durante el menemato, mientras tenía lugar la mayor entrega del país al capitalismo financiero internacional desde los tiempos de Bernardino Rivadavia, el discurso anticorrupción del programa televisivo Día D animado por el trío Jorge Lanata- Marcelo Zlotogwiazda- Ernesto Tenembaum, se concentraba en exhibir los bienes inmuebles de los funcionarios. La pregunta, el chascarrillo de rigor estaba en boca de Lanata: “¿Tiene perro?”.
Cuando Domingo Cavallo y Carlos Melconián estatizaban –¡por segunda vez!– la deuda privada, y Cavallo y los bancos a quienes servían Federico Sturzenegger y Alfonso Prat Gay cobraban exorbitantes comisiones por el ruinoso megacanje de la deuda, Lanata insistía en preguntar si el subsecretario Mengano o el intendente Zutano tenían perro.


La anormalidad al poder
Entre los simpatizantes y activistas populares, la insistencia en la corrupción produce una reacción instintiva en los de cierta generación –rechazar de plano cualquier denuncia o revelación– y otra de sentido opuesto en los de menor edad o menor grado involucramiento: desazón y desconcierto.
Y si esto suele ser habitualmente así ante cualquier campaña mediática, adquiere otra densidad cuando esas campañas se construyen sobre una base demasiado obvia, como en el caso que en estos días –y seguramente por varias semanas– concentra y concentrará la atención mediática: los 9 millones de dólares en efectivo con que fue “sorprendido” quien fuera secretario de Obras Públicas de Néstor y Cristina Kirchner.
Que el “hallazgo” se produjera en momentos en que un oficialismo en acentuado proceso de descrédito tuviera necesidad de designar dos jueces para la Corte Suprema, aprobar las leyes de blanqueo de capitales malhabidos y de una nueva destrucción del sistema jubilatorio público, no es casualidad. Pero ¿qué importancia tiene que no sea casualidad?
¿Se tratará de una operación de inteligencia?
¿Y?
Abocarse a lamentar la perfidia del enemigo es una actividad masturbatoria –que, como suele suceder, proporciona escasa satisfacción– equivalente a quejarse de lo malvada que resulta la bruja de Hansel y Gretel.
Hasta los niños saben que para eso está la bruja: para ser mala. De otro modo ¿qué sentido tendría en la historia?


Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa
Muchos años atrás podía, con cierta lógica, sostenerse que la corrupción y los negocios eran subproductos, excrecencias de la acción política, hasta el advenimiento del gobierno de los Ceos –inaugurado, es preciso recordarlo, en el año 2007 en la ciudad de Buenos Aires–, cuando los términos se invirtieron y la política se convirtió en un subproducto, una excrescencia de la corrupción y los negocios. Hay, entre uno y otro fenómeno, una diferencia no de dimensión ni de generalidad, sino de naturaleza. Demostraciones palmarias de este cambio de naturaleza pueden encontrarse en la “política” del ministro de Energía, un accionista de la petrolera Shell que aumenta el precio de los combustibles un 30%, cuando –en sintonía con “entrar en el mundo” adoptando los precios internacionales– podría perfectamente reducirlos un 10 o un 20%, o la devaluación decidida por Mario Quintana en momentos en que tenía 11 millones de dólares invertidos en dólar a futuro. No se trata de medidas políticas o económicas gracias a las que algunos hacen negocios, sino de políticas decididas a partir de la conveniencia de los negocios, y aun en perjuicio de los intereses políticos del gobierno de que forman parte. Es que, en estos casos y para estas gentes, la política no existe: es apenas un instrumento de los negocios.
La corrupción tradicional, como daño colateral de la política, es cualitativamente distinta pero ¿no hay diferencias dentro de ella? ¿Es y ha sido siempre igual, en todos los casos y en todos los tiempos?
Estas preguntas parecerán ociosas a mucha gente, pero ocurre que no todos tenemos naturalizada la corrupción como consecuencia inevitable de la acción política. Por el contrario, siempre habrá quienes la repudien profundamente, y no por razones de moralina sino porque para una política popular resulta altamente contraindicada.
De ahí que justificarla o restarle significación provoque un efecto tan desconcertante


Un cacho de filosofía política
Si una sociedad descarta la violencia como método de resolución de los conflictos ideológicos y sociales, y no se resigna al hecho de ser gobernada por una casta militar o, en el peor de los casos, por el consejo de administración de una Sociedad Anónima, se debe entender a la acción política como un servicio público, una actividad imprescindible para el funcionamiento de la comunidad. La financiación de la actividad política se vuelve entonces un asunto de suficiente importancia como para no dejarlo librado a la buena de Dios ni al arbitrio de cualquier pelafustán. Por el contrario, debe ser regulada de modo de garantizar la mayor igualdad de oportunidades posible entre los partidos, lo que incluye, muy especialmente, la propaganda electoral.
Desde 1983 se fueron institucionalizando algunas tímidas medidas: la impresión de las boletas electorales es sufragada por el Estado; los partidos y alianzas reciben un monto en metálico por cada voto conseguido en las urnas; los fiscales son pagados con fondos públicos y todos los partidos disponen de igual espacio radiofónico y televisivo para publicitar sus propuestas electorales. Pero ni siquiera eso ha sido hecho con seriedad: en tanto no se prohíbe la publicidad partidaria por fuera de esos espacios, la proclamada igualdad en materia de difusión es apenas una quimera, cuando no un engaño.
La financiación de la actividad política sigue siendo un asunto pendiente pero, en lo que ahora nos ocupa, no garantizaría, de ningún modo la ausencia de corrupción y la desaparición de la práctica del cohecho. Haría falta, también, mayor número de controles y mucha mayor transparencia en las contrataciones públicas, exactamente lo contrario a lo que se ha venido haciendo en los últimos tiempos con el argumento de la emergencia y la ejecutividad.
¿Estaríamos así libres de cohechos y tráfico de influencias? Obviamente no. Pero tampoco el código penal impide los delitos; sólo complica su ejecución y vuelve punibles las transgresiones a la ley.


La financiación de la actividad política
Con el correr del siglo xx financiar la actividad política, en cualquiera de sus formas, fue volviéndose cada vez más dificultoso. Muy especialmente para las fuerzas populares, que sólo podían contar con los aportes individuales de sus militantes, las expropiaciones de los sectores revolucionarios en las décadas del 60 y 70 y con el de las organizaciones gremiales.
En lo que respecta al peronismo –que es lo que en estos momentos nos ocupa– para inicios de la restauración de la vida democrática, los tres modos de financiación habían entrado en crisis:
1. De por sí, la expropiación supone una acción y un método organizativo que pueden ser funcionales a una vía revolucionaria, pero resultan opuestos a los requeridos para el proselitismo y los comicios.
2. El aporte económico de los gremios provocaba una grave dependencia política, que resultó severamente condicionante en momentos en que los núcleos de la renovación empezaron a tener serias diferencias con la conducción partidaria, hegemonizada por los grandes sindicatos.
3. La importancia y significación de los aportes individuales de los militantes fue reduciéndose al mismo ritmo que durante la dictadura militar se reducía la capacidad adquisitiva del salario, hasta volverlo insignificante al momento de tener que pagar un alquiler o imprimir afiches o volantes. De hecho, sin que fueran necesarios sesudos estudios y análisis económicos, en las dificultades para pagar el alquiler de un local político y en la creciente cantidad de horas que demandaba a cada quien parar la olla, era evidente el nivel de empobrecimiento popular producido en apenas seis años por la dictadura militar.
Esta concurrencia de factores se vio agravada por la dificultad del peronismo para recurrir al aparato del Estado, en gran parte en manos de la UCR, pero un cuarto factor llegó en ayuda de las agrupaciones militantes, ya no sólo del peronismo sino también de otros partidos opositores con representación parlamentaria.
En esos primeros años post dictatoriales, los acuerdos y afinidades de los distintos partidos políticos se estrechaban toda vez que todos tenían un enemigo común, ahí nomás, al acecho: la amenaza de restauración militar. Y la cercanía dio sus frutos, entre otros, el de facilitar el funcionamiento de los diversos partidos políticos, para lo que el radicalismo puso a disposición su expertise –el know how, dicho sea para quienes se fastidian por las palabras difíciles– y el manejo de los espacios legislativos y estatales. Había nacido la era de los ñoquis.


Los malvados ñoquis
Antes de la existencia de medios de pago electrónico, los sueldos se cobraban en cheque o en efectivo, dependiendo del grado de negocios que ligaran a las autoridades de cada repartición con la trasportadora de caudales de Amadeo Juncadella. Pero ya fuera de una forma u otra, el interesado debía concurrir personalmente, en determinada fecha, al lugar de pago.
A diferencia de otras reparticiones, en las que los salarios se abonaban en el transcurso de los primeros cinco días del mes siguiente, en el caso del Concejo Deliberante porteño el día de pago se fijaba para fin del mes en curso, de ahí que en esos momentos se hicieran presentes en el señorial edificio de la calle Perú gran número de desconocidos, de personas a los que los trabajadores habituales veían ocasionalmente y sólo en esos últimos días del mes. Por analogía con la costumbre de celebrar los días 29 comiendo ñoquis, se los apodó con el nombre de la pasta.
En su origen, el ñoqui fue una suerte de modesto prestanombre que, generosamente o a cambio de un pequeño porcentaje, cobraba un salario por el que jamás había dado contraprestación alguna, y que era utilizado para afrontar parte del alquiler de un local político y dotarlo de una mínima caja de funcionamiento. En otros casos, se trataba de un militante político de tiempo completo que realizaba sus tareas en un partido, una agrupación, una organización social, un centro de estudios o un local partidario determinado.
En la ciudad de Buenos Aires y durante los primeros cuatro años en la provincia homónima, en tanto el radicalismo disponía del aparato estatal, una porción significativa de los ñoquis legislativos pertenecían al peronismo y a otros partidos de oposición, como el Intransigente, la UCD, la Democracia Cristiana o el socialismo, mientras que en los organismos estatales propiamente dichos, así como en las Universidades de Buenos Aires y La Plata, la proporción se invertía. La “convivencia democrática” permitía esta clase de acuerdos y alentaba otros, los económico-políticos, de mayor significación y por lo general de resultados mucho más nocivos.
Luego de 28 años de dictaduras militares, apenas interrumpidos en tres oportunidades por breves y difíciles interludios “democráticos”, la actividad política había deteriorado la calidad de vida y hasta las relaciones personales y familiares de los militantes de los distintos partidos populares, en general obligados a galguear, a ser despedidos de sus trabajos, a descuidar sus oficios o profesiones, a caer presos, cuando no a marchar al exilio. Era comprensible, entonces, que, en ausencia de una legislación específica, el Estado y las legislaturas fueran usados para el financiamiento de la actividad política y  para ayudar a los ingresos de los militantes y activistas y, consecuentemente –y, en un principio, casi en forma imperceptible–, para el financiamiento y “reparación económica” de los propios dirigentes.
El centralismo porteño y la pobre comprensión que gran parte del periodismo tiene de la política y de historia nacionales, consagraron al Concejo Deliberante y a la existencia de ñoquis como símbolos de la corrupción, mientras, soterradamente, se estaba incubando otro monstruo que, salvo excepciones, pasó desapercibido hasta que fue tarde para matarlo.


El giro copernicano
Las palabras de Paul Bourget, quien sostenía imprescindible “vivir como se piensa, si no se acaba por pensar como se ha vivido”, no suelen ser tenidas en cuenta por nadie, en parte por omnipotencia y, mayormente, por hipocresía y comodidad, porque a veces se vuelve duro vivir como se piensa y resulta preferible que el tiempo nos haga entrar en razón. Pero ocurre que, finalmente, terminamos siendo lo que hacemos, más que lo que pensamos, queremos o hubiéramos querido ser.
Cuando la financiación ilegal de la actividad política ya había derivado en una de las vías de enriquecimiento de los dirigentes, el sistema estaba a punto de caramelo para la vuelta de tuerca que le imprimió Carlos Menem: la auténtica corrupción, un paso imprescindible hacia el actual gobierno de los CEOS, que consistió en volverse contra los principios básicos de la ideología política que se profesa.
Tal como él mismo explicó, Menem dio un giro copernicano al peronismo gracias al que este comenzó a ser y defender no algo diferente, sino exactamente lo contrario de lo que había sido y había defendido hasta el momento. Y la corrupción generalizada fue el lubricante que, además de facilitar un monumental travestismo político, permitió el empobrecimiento popular, la extranjerización de la economía y un fabuloso enriquecimiento empresario. 
A partir de ese momento, perdido el sentido de la política, desaparecidos los objetivos que habían dado razón de ser al peronismo, violados sus principios más básicos, la apropiación del patrimonio público –del trabajo acumulado de generaciones de argentinos– dejó de ser un instrumento para la modesta financiación de la actividad política y –lateralmente– para el enriquecimiento de algunos dirigentes, para pasar a convertirse en el sentido último, en la razón de ser de toda acción política.
Alterados los objetivos, cambiaron los métodos y los conceptos: ya no se trató de organizar a la sociedad como condición básica de su libertad (“Sólo se tiraniza lo inorgánico”, clamaba Perón en el desierto) sino de organizar operaciones y construir aparatos, para lo que era preciso transformar a los militantes en “operadores”, a los activistas en empleados y acumular la mayor cantidad de bienes y dinero que fuera posible. ¿Por qué? Porque todo estaba en venta y sólo había que saber cómo y tener con qué comprarlo. Así, un voto en el Concejo Deliberante porteño llegó a valer 250 mil dólares, y el primer lugar en una lista de diputados marginal se cotizó en 400 mil. Ambos precios pagados gustosamente por los que recuperarían con creces la inversión apropiándose de parte del patrimonio público por medio de negocios con aquellos que están en condiciones de hacerlo: empresarios y financistas. De este modo, el peronismo en particular y el sistema político en general, originalmente concebidos como medios de defensa de los intereses populares, devinieron en dóciles instrumentos de los poderosos, de lo que el período de gobierno de Fernando De la Rúa puede ser considerado su ejemplo más patético.


Después del final
Tras el colapso final de 2001 y el fracaso del intento gradualista, y más conservador-popular que peronista, de Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner resolvió dar un nuevo “giro copernicano” al país, esta vez, en dirección opuesta a la de Menem. Y lo dio, aunque probablemente no en toda la dimensión que hubiera sido necesario.
Carece de importancia dilucidar si lo hizo por convencimiento o por necesidad (tontería que entretuvo durante bastante tiempo a unas cuantas personas) y resulta abstracto discutir si hubiera sido posible un corte más tajante con el periodo anterior que, en tanto había comenzado en septiembre de 1955, hubiera requerido tomar a la Constitución de 1949 –abrogada por decreto por los “libertadores”– como punto de partida de un proceso de reconstrucción nacional.
El punto central es que durante los doce años siguientes los objetivos declamados por las máximas autoridades nacionales fueron coincidentes con los principios primigenios del peronismo y, en forma notable, en armonía con los que animaron al amplio espectro político expresado originariamente por Raúl Alfonsín.
Así, los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner intentaron una política exterior independiente con énfasis en una alianza regional, y propiciaron el desarrollo industrial en base al mercado interno y a una mayor capacidad de consumo popular por medio de la distribución directa e indirecta del ingreso nacional. A la vez, consumando el proceso iniciado por Raúl Alfonsín, se reivindicaba la acción política como uno de los más significativos aportes de las personas al bien común y se reconciliaba a la sociedad argentina (y al peronismo, en particular, al que tanta falta le hacía) con el respeto a los derechos humanos.


Cuerpo a tierra
A raíz del lastimoso episodio que tuvo a José López como principal actor de reparto, no faltaron quienes preguntaran a los acólitos de Cristina si a partir de ese momento conseguían entender por qué habían perdido las elecciones. Se trata de una pregunta de una puerilidad asombrosa, en caso de formularse seriamente: la diferencia de votos fue tan exigua que resulta descabellado extraer del resultado cualquier clase de principio o conclusión, pero sí cabría preguntarse –cosa que tales aficionados se muestran renuentes a hacer– cómo fue que una política solidaria y popular pudo no haberse impuesto con amplitud sobre otra política, también en el plano declamativo, insolidaria e individualista... después de 12 años de “batalla cultural” y teniendo en sus manos el hipotético manejo de la estructura del Estado.
Las respuestas al paso y de ocasión pueden ser variadísimas, pero a tono con el sentido y propósito de este escrito, sería oportuno ir a un plano más profundo, que con un resto de pudor, vacilamos al momento de llamar “cultural”. Como sea, no se trató de un matiz anecdótico ni circunstancial, sino de que el cambio impulsado por Néstor y Cristina Kirchner no fue realmente un “giro copernicano” equivalente al de Carlos Menem: la base cultural sobre la que se produjeron ambos giros, se mantuvo intacta y constituyó, al fin de cuentas, la principal debilidad del nuevo periodo.
Lo que genéricamente se llama “menemismo” fue algo más que una orientación político-ideológica. Se trató de una suerte de vuelta atrás hacia los gloriosos tiempos de la oligarquía, de una forma de pensar y de actuar basada en –si se permite la paradoja– la convicción de que ya habían dejado de existir las convicciones y de que, en tanto todo consistía en distribuir espacios de poder y negocios y beneficios económicos, la política ya no era la búsqueda del bien común o la lucha por la preeminencia de una ideología, sino que se había reducido a la distribución de prebendas y beneficios, a la construcción de aparatos de poder y a la conformación de eficientes estructuras de operadores.
No obstante el giro impreso por Néstor y Cristina Kirchner al supuesto propósito final de la acción política, el sentido del poder permaneció inalterado y el método y mecanismo de la construcción política menemista siguieron intactos.
Para caer a tierra, porque alguna vez había que hacerlo, eso expresa el “caso López”, no por él en sí mismo, porque no se trata tan sólo de un acto de corrupción, ni cabe desmayarse de horror por el cohecho, las debilidades, los intereses, las mezquindades de una persona en particular, sino de preguntarse sobre su relación con un método de construcción que va más allá de la gestión gubernativa, que se extiende al modo de entender la política y su relación con la sociedad. Básicamente, de un método de acción, construcción y conducción  que no comprende la íntima relación que liga a los fines con los medios.
Corresponde hacer hincapié en que cuando aquí se habla de una concepción y una metodología de conducción y construcción política, no se la cree privativa de un sector político. De ser ese el problema, no sería nada. Ocurre que se trata de una manifestación cultural de la sociedad argentina –acaso de la sociedad contemporánea, pero lo nuestro está acá–, que recorre en forma transversal a la generalidad de formaciones políticas y las organizaciones sociales, todas empecinadas en anteponer el “aparato” a la política.


Medios y fines
Los casos de corrupción son detalles circunstanciales –dolorosos, por cierto, para quienes han sacrificado sus mejores años en una lucha que por momentos parece irse por la cloaca de las canalladas–, pero finalmente secundarios, pequeños ejemplos de un problema más profundo que consiste en una concepción del mundo y del poder cuyas consecuencias se extienden más allá de José López y gentes parecidas.
La Secretaría de Obras Públicas era, al fin de cuentas, una de las tres patas en las que se asentaba una estrategia de acumulación, imprescindible, según cierta óptica, para no depender de los poderes económicos. Las otras dos patas fueron las secretarías de Transporte y de Energía, y cabe preguntarse, con toda lógica, cuántas de las dilaciones y deficiencias en esas áreas no se debieron a la preeminencia de esa concepción por sobre los objetivos nacionales y las necesidades populares. ¿A qué se debió, sino, la larga década perdida en materia de reconstrucción del sistema ferroviario? ¿Era necesario esperar diez años para comprender la importancia que la energía tiene para la soberanía nacional? Y, saliendo de esa esfera y tan sólo para dar un ejemplo que pueda resultar obvio a tantos colegas que parecen no ver la relación entre los fines y los actos, ¿cómo se explica, sino es en base a esa concepción del poder, de la conducción y de la construcción política, la estrategia comunicacional de los gobiernos kirchneristas y su lamentable –por decirlo suave y por lo bajo– política de medios? ¿Cuál era la razón cultural y conceptual que podía explicar la predilección gubernamental por conocidos crápulas empresarios por sobre los modestos medios de comunicación populares, en su gran mayoría dejados al garete, sin financiación, sin infraestructura y, tras trece años de gobierno, hasta sin licencias?
¿Es tan difícil ver la relación entre estas políticas y aquella concepción del poder de la que hablábamos? ¿O se piensa que todo no es más que casualidad? ¿Se hace necesario dar más ejemplos para mostrar lo que, muy deficientemente, se intenta aquí decir? ¿Habrá, acaso, que indagar en los métodos de construcción y elaboración política de las agrupaciones partidarias? ¿Cuál es la lógica y el sentido de una mirada que desde las cúspides del poder va hacia la base de sociedad? ¿No es acaso una política popular la que, de pie sobre la base social, interpela a quienes detentan el poder, sean quienes fueren, y no a la inversa?
Pero la pregunta en realidad debería ser ¿es posible que simpatizantes, activistas y militantes consigan empezar a pensar –o vuelvan a hacerlo– en serio? ¿O acaso se seguirá creyendo que la discusión y el análisis político consisten en emular las opiniones escandalizadas que se vierten en los talk shows televisivos de pretensiones periodísticas?
La discusión y el análisis político no consisten en quejarse de los enemigos ni en lamentarse de la incomprensión ajena, sino en observar la estrategia del enemigo y, más que nada y aunque a algunos les pese, en detenerse en los errores propios, con mesura, pero también con dureza y oportunidad, para poder corregirlos justamente cuando se está a tiempo de hacerlo.
Y en este plano, el análisis crítico del modo de pensar, de los puntos de partida y del sentido del pensamiento, resultan fundamentales. Por lo que decíamos antes: uno no es lo que declama, ni lo que pretende ni lo que cree ser; uno es apenas lo que hace. Y es preciso recordarlo siempre, en especial, cuando se está en la buena y todavía a tiempo.
Si esto no se ha hecho, o no se lo ha hecho bien –porque no es de buen empleado criticar a la patronal–, o no se ha sido escuchado, si en vez de corregir los errores se ha perseverado en ellos, nada de ello resta mérito a lo ocurrido en los últimos trece años.
Fueron, indudablemente, años extraordinarios y, a poco que uno se detenga un instante a observar las cosas con la debida perspectiva, sorprendentes, de los que es posible que no se vaya a conservar mucho en la realidad, aunque sí que se mantengan vivos en la memoria y subjetividad populares, tal como ha ocurrido anteriormente. Y si lo primero habla de la falta de profundidad de los cambios producidos, en muchos casos más chamuyados que estructurales, lo segundo revelaría lo novedosa que siempre resulta la existencia de un gobierno que, más allá de sus errores y deficiencias, haya estado a favor y no en contra de las mayorías populares. Se puede afirmar, sin temor a errarle mucho, que esta cualidad será valorada en los próximos tiempos en proporción directa al desarrollo de la obra de demolición de las actuales autoridades, coincidente con su cada vez más desembozado desprecio por la inteligencia y la sensibilidad populares.
En todo caso –y en coincidencia con los 30 años de su muerte–, podremos asegurar con Jorge Luis Borges que, al fin de cuentas, “los únicos paraísos no vedados al hombre son los paraísos perdidos”.

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