jueves, 31 de enero de 2013

Napoleón, frente a la Asamblea del Año XIII


Como dijimos, Napoleón I (o sea, Napoleón Bonaparte) creó decenas de cargos, títulos y tratamientos honoríficos para todos sus mariscales e incluso para algún político civil, como el ex-obispo Charles-Maurice Telleyrand-Pérygord.
Telleyrand, provisto de un envidiable transformismo, detentó cargos oficiales tanto en la vieja monarquía absolutista como en la Revolución Francesa, el Imperio Napoleónico y la Restauración Monárquica.
A esa larga lista de duques y archiduques nombrados al frente de varias ciudades y zonas de Europa (Istria, Belluno, Neuchâtel, Wagram, Treviso, y muchos más) que, -se consideraba-, representaban instantes gloriosos del las armas napoleónicas, se agregan los reinos a cargo de los hermanos del Emperador, integrantes del denominado Sistema Continental (proteccionismo francés) al que se enfrentaban Inglaterra y las monarquías de la Santa Alianza (Austria, Rusia, Prusia) partidarias del librecambio y que, por supuesto, trataban de imponerlo (por la fuerza) a los que, por sus propios intereses nacionales debían recurrir también a la protección de sus productos.
Sus hermanas, esposas (sucesivamente Josefina Beauharnais y María Luisa de Habsburgo), cuñados, su madre y su único hijo reconocido también ostentaron tratamientos honoríficos del tipo Su Alteza, Emperatriz, Señora Madre, Príncipe de la Sangre, etc., siempre con mayúsculas.
Para reducir el dominio territorial de sus adversarios, el Emperador creó países (Confederación del Rhin, Gran Ducado de Varsovia, Saboya, etc.) que limitaban el poderío, individual o conjunto, de Prusia, Polonia e Italia. No pudo con Gran Bretaña, aunque muchos whigs lo apoyaban.
Introdujo numerosas reformas en Francia: codificó (ordenó) las leyes civiles (1804) con los principios de la Ilustración y el Derecho Romano hasta ese entonces subestimado, urbanizó las ciudades de acuerdo a su diseño actual, impuso modas en el vestir y en el lenguaje, bautizó nuevas recetas culinarias...
¿Y todo eso, a nosotros de qué nos va?
El sistema napoleónico influyó decisivamente en nuestra Organización Nacional y aún lo sigue haciendo, sea cual fuere la posición que se tenga al respecto, por ejemplo: ¿acabó con el Antiguo Régimen monárquico o contribuyó a reforzarlo? 
Nadie puede ver seriamente a las actuales realezas europeas como un calco de viejo monarquismo absolutista desalojado con las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa.
Por otra parte, el tema de Napoleón formó parte de las discusiones de nuestros patriotas: no es casual que el general Manuel Belgrano auspiciara una monarquía incaica, y el Imperio de Brasil por muchos años intentó reimponer un absolutismo sui generis en este continente. 
Pero también Napoleón era eurocentrista: ¡nada de libertad, igualdad y fraternidad para los negros haitianos, los monitos asiáticos o los Asambleístas del año XXX! Cuando se reivindicaban la igualdad, la fraternidad y la libertad, se refería exclusivamente a las de los europeos.
Sin embargo, estas casas reales, por lo general conservadoras de principios anacrónicos, a veces dan pena aunque la de Holanda pase por descontracturada
Se trata de privilegios concedidos a ciertas familias, aceptados por la mayoría en pos de cierta unidad, y admitidos por las respectivas burguesías nacionales como “un mal necesario” o un “antigualla tolerada”.
Y por ese eurocentrismo que sobrevive por estas tierras a pesar de los dramas terminales de Rajoy y la socialdemocracia en general, podemos admitir que el paradigma de las burguesías nacionales (industriales y emprendedoras) no funcionó aquí ni en ningún país sudamericano, incluyendo la paulista.
Por algo será.
Algunos opinan que porque somos tontos, vivos, ridículos o poco patriotas. Y aunque para Feinmann la verdad ya no exista, uno espera explicaciones sustanciales, no tonterías o dogmas repetidos por boca de loro.

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