domingo, 6 de diciembre de 2015

UN MEDIA CUCHARA EN LA ROSADA



MM es un niño caprichoso. En el barrio los llamamos niños bien. No quiere jurar tal como lo ordena con claridad la Constitución Nacional en su artículo 93: ante el pleno de diputados y senadores. Quizás porque se considera por encima de ella, o porque los representantes del pueblo le importan un pito, o ambos dos. Patético.

La vice lo apoyó públicamente, afirmando que “MM tiene derecho a elegir cómo quiere jurar”. Doblemente patético.

Es más, quiere jurar como solían hacerlo los dictadores locales. Prepárense: quizás se le ocurra ir a la Rosada en un carruaje, como el dictador Onganía. Si bien la Michetti lógicamente debe apoyar a MM, es posible que ella misma lo crea a pie juntillas. Al fin y al cabo, y sin que venga a cuento, cree que todos los problemas argentinos se resuelven tomando deuda externa barata con argumentos falaces. Lo aprendió de Martínez de Hoz en alguna de las escuelas privadas que ella recorrió, no hay otra: en aquellos años ‘70 (muy lejanos para las jóvenes generaciones), también era barata la deuda externa (petrodólares) y no se consultaba al pueblo. Porque eran tiempos de una feroz dictadura y quien se arriesgaba a levantar la cabeza ponía en peligro la vida.





Bajo otros ropajes, esta es “la cría del Proceso” aunque la Argentina y el mundo hayan cambiado dramáticamente por la primacía combinada de los grandes medios concentrados y el capital financiero a lo que se agregan otros factores como la deslocalización y robotización de la producción y la centralidad de la innovación en manos de los países centrales.

Esa cría, el viejo proyecto de la Argentina colonial, rebautizada por el nuevo presidente como el supermercado del mundo, llega al poder por primera vez mediante la vía electoral: el recurso anterior siempre fue el golpe de estado militar o la infiltración por izquierda, como sucedió durante los ‘90.

Esta vez se prometió alegría, vulgaridad y un ambiguo cambio, lo que al parecer entusiasma a la mitad de los argentinos recorridos por un tonto encanto proporcional a la exposición a los medios concentrados, que han crecido ante la ausencia de política.

El primer logro de Néstor Kirchner en 2003 fue recuperar la política para los argentinos, abandonada por Cavallo sumiéndonos en el infierno. Al fin y al cabo, lo que se llamó la cría del Proceso es el triunfo, una y otra vez, de la Argentina liberal, el granero del mundo para unos pocos, el país colonial desindustrializado y proveedor de materias primas.

MM no es un niño culto.

No es que carezca de ese barniz de cultura general típico de quienes hicieron humanidades: parece sólo un bruto con plata, un infeliz enriquecido. Muy alejado de los aristócratas que constituyeron el grueso de los sectores dominantes nativos de antaño, educados en los mejores colegios británicos o franceses y que dominaban varios idiomas. Este no necesita esa educación: quizás la desprecia; atesorar dinero le parece más importante, si bien, como cuadra, cursó en escuela y universidad privadas, de esas que más que cultura dan status. Según cuenta, desde joven se preparó para ser presidente mientras su padre se mofaba de esa remota posibilidad. No en vano lo definió públicamente como un badulaque, pero él, obstinado, atesoraba vínculos con los directivos de las grandes empresas, sobre todo multinacionales. Y ahora es el presidente de los argentinos, mal que nos pese, apoyado explícitamente por esas mismas multinacionales. Y por ahora, con un mínimo apoyo sindical.



Todo es posible: también que MM se inhiba ante la asamblea de diputados y senadores, largándose a criticar el programa 678, o se le ocurra dar uno de esos graciosos pasitos de baile que improvisa con soltura sin par.

Esa medianía soberbia le ha aflorado en ocasiones anteriores. MM parece un personaje salido de la imaginación de Graham Greene o John Le Carré Pero esos escritores británicos no deben haber imaginado el despropósito de que alguno de sus protagonistas fuera el mismísimo presidente de Argentina: en un caso, en la novela de Greene “Nuestro Hombre en La Habana” era un simple vendedor de aspiradoras a domicilio; en el otro, “El Sastre de Panamá”, un ex – presidiario que se ha apoderado de una identidad con cierto renombre en el arte de cortar casimires a medida. 
Ambos, personajes oscuros, mediocres, vulgares.

Ambos “se inventan” conexiones que no tienen: el vendedor de aspiradoras hace creer a los servicios de inteligencia británicos que un plano de una de sus aspiradoras es un misil nuclear apuntado al centro de Londres.

El sastre, que una mayoría silenciosa inexistente va a apoderarse del estratégico canal de Panamá para birlárselo a EEUU. Engañando a los mismos servicios de inteligencia, considerados entre los más eficientes del mundo occidental.

Reemplacemos a las “víctimas” de la imaginación literaria por todo el pueblo argentino. Y obtendremos la imagen de un mediocre perfecto que acaba de acceder a un cargo que le queda grande.

MM, que quiere hacer de Argentina un supermercado, se atiene a la Constitución o la trasgrede.

¿Será MM un trasgresor consuetudinario de la ley máxima y de las leyes en general? ¿Acaso el Grupo Clarín no trasgrede la Ley de Medios y a la justicia no se le mueve un pelo o se lo permite, diciéndonos mucho sobre la calaña del poder real en el país?

Si MM ya intenta trasgredir la ley antes de haber accedido a la primera magistratura ¡qué no sucederá dentro de quince días, seis meses o cuatro años!






2 comentarios:

Antonio (el Mayolero) dijo...

Macri tiene mentalidad de patrón, (o de hijo del patrón). El patrón no da explicaciones. Da órdenes nomás. Y a veces el patrón viejo sabe porqué, cuando y donde dar las órdenes. Pero el hijo del patrón solo aprendió a dar órdenes, sin saber cuando, donde, ni porqué..

Marcelo I dijo...

Me ha tocado en suerte ser patrón, y con el tiempo aprendí a dar órdenes y cuándo no darlas. Algo que un patrón de verdad sabe, y que la gente como Macri ignora, es que jamás se debe dar una orden que no vaya a ser cumplida. Y que si uno da una orden y no se cumple, debe despedir al incumplidor inmediatamente y a la vista de todos. Porque si no, el tipo que no la cumplió y todos los demás saben que se puede ignorar la autoridad del patrón; o, lo que es lo mismo, que el patrón no tiene autoridad alguna. En cambio, despedir al incumplidor refuerza la autoridad. Pero también uno termina despidiendo a quien no quería despedir, quizá a alguien irreemplazable. Salvo que uno esté buscando excusas para despedir a alguien, jamás debe dar una orden que no vaya a ser cumplida.

Por lo mismo, jamás se debe hacer eso con alguien a quien no se puede despedir; y Macri no puede despedir a Cristina, por la sencilla razón de que ya se está yendo.

Desde ese punto de vista, Cristina no pierde nada con esta discusión, y Macri arriesga un porcentaje apreciable de su autoridad. Cristina no necesita conservar autoridad alguna, mientras que Macri necesita entrar al gobierno mostrando autoridad. Aún si Macri lograra desairar a Cristina, no le hará daño alguno a su imagen, ni tampoco a un poder que Cristina ya no tiene. Pero si Cristina logra desairar a Macri, lo desautorizará el primer día de su mandato.

Si yo fuera Cristina, me presento en el Congreso a entregarle el bastón y la banda; si Macri no me los recibe, los dejo sobre el despacho del presidente de la Cámara y me voy a El Calafate. Desde allí pongo cara de "no entiendo qué pasó", mientras Macri usa su primer día como presidente para argumentar sobre un bastón.

Si yo fuera Macri, diría en público "bueno, no vamos a discutir sobre un bastón con una porfiada como Cristina, hablemos de gobierno". Pero claro, no soy Macri.

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