viernes, 6 de noviembre de 2015

UNA INFANCIA PERONISTA






Mi tío Leonardo era herrero de bigornia, maza, yunque y fragua.
En esa época se estilaba que toda la gran familia se reuniera a celebrar las fiestas de fin de año.

A esos festejos solía venir otro tío (de las dos docenas de ellos que tenía en mi lejana infancia), un acordeonista de amplio repertorio, y después de las 12 todos salíamos bailando tarantella a la vereda -ocupando de a pocp toda la cuadra- en esa amplia casa-taller en la calle Escobar casi Constiuyentes, Villa Pueyrredón. 
De esquina a esquina.

Nervudo y delgado, Leonardo bailaba junto con su esposa, sus hijos y sus decenas de parientes cercanos y lejanos: hermanos, tías, cuñados, sobrinos y vecinos. Algunos se habían disfrazado o embadurnado el rostros con lápiz labial o polvo de carbón de piedra que abundaba en el taller. Todo el vecindario se sumaba a la festichola) y venía con sidra, turrones o un pan dulce. Se compartía, atendiendo  preferentemente a los solitarios.

Leonardo tenía en el fondo de la casa-taller un palomar de dos pisos, creo yo, de hormigón armado. Su hobby era criar palomas mensajeras que viajaban a los más remotos lugares y volvían obedientes.

Leonardo fue uno de los herreros que soldó el arco en la entrada de ese Autódromo Municipal que ahora Macri pretende privatizar.

Corría 1951 o 52.

La mía, en cuanto a eso, fue una infancia feliz.

La Abanderada de los Humildes me sonreía desde los libros de lectura en la escuela y yo estaba enamorado de una vecinita a la que llamaban la rusita y por supuesto bailaba como la mejor..

Leonardo era y fue peronista hasta sus últimos días. Había algunos "contreras" entre los presentes. Ese día era de diversión.
Nadie podrá privatizar mis recuerdos.

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