A las 12 de la noche del 13 de febrero del 2010,
Buenos Aires se desgajó. Se habían visto grandes
grietas en la Avenida General Paz desde muchos
días antes -meses -pero como se acababa de
inaugurar una nueva autopista de circunvalación de
la ciudad , se las llenó con asfalto, para ir
tirando. Años más tarde, historiadores y
antropólogos, ingenieros y urbanistas debatieron
largamente las razones de la división entre Buenos
Aires y los que hasta entonces habían sido su país
y su continente, y se elaboraron distintas
teorías. La más convincente la propuso un
ingeniero. Pasando por arriba de complicados
cálculos de fatiga de materiales contra pesos
específicos, la gente la conoció como Teoría del
Troquelado. Al parecer, las perforaciones de los
pilotes de las autopistas elevadas y la trama
cruzada de los subterráneos habían sido demasiado
para el subsuelo. Esa fragilidad se habría
combinado luego con una marea especialmente alta
del Río de la Plata y Buenos Aires se desprendió
como una figurita, por la línea de puntos.
Lo cierto es que sin demasiados ruidos ni
temblores, la ciudad comenzó a flotar, avanzando
hacia el sudeste a una velocidad de dos o tres
nudos y girando lentamente sobre sí misma. La
lógica dice que debió haber víctimas, pero nunca
se precisaron. Faltaban y sobraban personas, por
supuesto, pero todo el mundo, a un lado y otro de
las costas de la General Paz y el Riachuelo supuso
que habían quedado enfrente. Las comunicaciones
entre Buenos Aires y Nueva Buenos Aires -el enorme
anillo del conurbano que quedó alrededor de la
Bahía de Buenos Aires, perdón por la redundancia
-tardaron años en restablecerse, y las relaciones
diplomáticas mucho más.
La ruptura no fue un imponente espectáculo de la
naturaleza sino algo bastante desagradable. La
ciudad fue dejando tras de sí, en la cañada cada
vez mayor que la separaba de la otra orilla, un
rastro negro de grasa y petróleo. Hubo un corte
general e inmediato de luz, al romperse las redes
de alta tensión; duró cuatro días completos. Para
cuando se logró restablecer cierto caudal de
energía, Buenos Aires estaba muchas millas aguas
abajo, atravesando el límite entre el río ancho y
el mar abierto, pero desde el amanecer del primer
día las personas que fueron juntándose en las
costas pudieron seguir la subida gradual del color
del agua por la escala del marrón rojizo al verde,
y ver como el río color de león se llenaba de
blanca espuma salada. El movimiento de giro a
favor de las agujas del reloj, que después se
calculó en una revolución promedio cada 32 horas,
pero que no era regular sino que parecía depender
de viento, oleaje y corrientes, tuvo influencia en
el comportamiento inmediato de los porteños, todos
cautivados por una vaga euforia. La suave brisa de
olor cambiante acentuaba la sensación de alegría y
futuro. A contramano de la catástrofe.
Durante muchos meses de deriva, los ciudadanos
flotantes se ocuparon poco y nada de saber que
había sido de su país. A esa especie de suave
borrachera -aún sin estar en la orilla, el giro
hacía que el sol cambiara de ángulo en redondo a
lo largo del día y las luces y sombras destacaban
y apagaban volúmenes; en los ámbitos cerrados se
percibía una leve sensación centrífuga, más neta
en las orillas y suave en el centro -se agregó el
que hubo que ocuparse con urgencia de cosas
prácticas. Casi todo el mundo dejó empleos que
habían perdido momentánea o definitivamente su
sentido y participó de los trabajos de reparación
de cables y cañerías de agua, lo imprescindible
para la supervivencia inmediata. También de
consolidar las orillas y el fondo, porque la
ciudad no era una isla sino algo así como una
embarcación enorme, de unos veinte o treinta
metros de calado y durante los primeros meses se
temió (nunca se supo si con fundamento) que
terminara por desmigajarse. Al Gobierno de la
Ciudad se le ocurrió un idea simple que funcionó;
llenó lo que habían sido las líneas más profundas
de subtérraneo -rotas en el suelo y en contacto
con el agua, como canaletas al revés -con
larguísimos tubos de tela de avión y los mantuvo
inflados con compresores de aire, como a los
muñecos de los peloteros. Mientras se mantuvieran
los corredores inflados, se podría seguir flotando
sin riesgo, no importaba por cuanto tiempo. Los
sistemas mínimos de energía y agua se repararon
mucho antes de que el nuevo uso de los
subterráneos estuviera concluido, aprovechando el
movimiento de rotación para instalar dínamos en
las orillas y llenando al máximo todos los
depósitos posibles de agua del río para purificar;
no sólo los de Obras Sanitarias sino dársenas,
diques y lagos artificiales, como solución
provisoria. Aunque todos participaron de la
urgencia, pocos sabían a fondo como funcionaban
los sistemas, pero la relativa facilidad con que
se solucionaron los problemas inmediatos dotó a
los porteños de una confianza en sí mismos mucho
mayor que la que ya les había dado la naturaleza
sin razón aparente. Muchas personas simples
creyeron siempre que el Gobierno de la Ciudad
había inventado un prodigioso motor, y que ése y
los gobiernos sucesivos controlaban de algún modo
no demasiado preciso la navegación. A través del
suelo se podía palpitar la vibración de la
estructura flotando. Nunca pudo probarse esta idea
en la historia independiente y marinera de Buenos
Aires, pero fue durante y después de ella el eje
de muchas disputas políticas. Lo cierto es que a
nadie, ni en el gobierno ni en el llano, se le
ocurrió dirigir las obras hacia el objetivo de que
la ciudad retornra a su lugar en el mundo y se
quedara en él. Quizás no hubiera sido más
trabajoso que el conseguir que siguiera navegando.
Todas las luces de la ciudad se encendieron al
mismo tiempo, en la cuarta medianoche desde la de
la separación de tierra firme. En las playas de
Montevideo las parejas que miraban el ríomar a esa
hora exacta, quedaron maravilladas. Una joya
increíble llenó de golpe la mitad de la línea de
horizonte. Era tan basta que generó algo de sombra
sobre las playas, como la luz de la luna. Los
montevideanos tardaron una hora larga en darse
cuenta de que la línea de luz se movía. Buenos
Aires tardó dos días completos en pasar, y sus
millones de cristales eran tan refulgentes a la
luz del sol como sus luces artificiales durante la
noche. Recién cuando de una mitad del horizonte
había pasado a la otra, las sirenas de los barcos
de los dos puertos, el que se quedaba y el que se
iba, rompieron a bramar y sus despedidas graves
retumbaron entre el agua y el cielo por horas.